Alejandro De Barbieri
28/04/2026
Hoy quiero compartir una alegría muy profunda: Educar sin culpa acaba de ser publicado en China.
Ver este libro en otro idioma, con otra estética, con una portada que mira la infancia desde nuevos símbolos y nuevas sensibilidades, me conmueve. Porque un libro, cuando viaja, deja de pertenecernos del todo. Empieza a conversar con otras culturas, con otras familias, con otros padres, madres, educadores y niños que quizás estén buscando lo mismo que muchos de nosotros: una manera más humana de acompañar la vida.
Agradezco profundamente a por haber acompañado este camino y por confiar en que estas ideas podían llegar más lejos. Gracias también a por su apoyo en este proceso, por su sensibilidad y por tender puentes para que las palabras encuentren nuevos hogares.
Hoy este libro llega a China. Y con él viaja una esperanza sencilla: que en cualquier idioma, en cualquier cultura, en cualquier casa, podamos recordar que los niños no necesitan padres perfectos. Necesitan adultos verdaderos, disponibles, capaces de mirar, escuchar, reparar y amar.
Educar sin culpa nació desde una convicción que atraviesa mi trabajo como psicólogo y logoterapeuta: educar no es controlar, moldear ni imponer. Educar es ayudar a que una persona descubra su sentido, su libertad interior, su responsabilidad y su dignidad. Es acompañar sin aplastar. Es poner límites sin humillar. Es estar presentes sin invadir. Es criar hijos que puedan estar de pie ante la vida, no hijos que vivan arrodillados ante nuestras expectativas.
La culpa ha sido, durante demasiado tiempo, una herramienta silenciosa en la educación. A veces aparece disfrazada de amor, de exigencia, de preocupación o de mandato familiar. Pero la culpa no despierta lo mejor de una persona: la encoge. La responsabilidad, en cambio, la convoca. La invita a responder a la vida desde un lugar más libre, más consciente y más verdadero.
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