CiriWhispers

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06/06/2026

Hay lugares donde el hambre todavía intenta vestirse bien.

El hombre hablaba alto.
No por confianza.
Por defensa.

Hay personas que levantan la voz igual que otros levantan muros: para que no se les vea el derrumbe.

—Yo estaba cuidando un nene que el pai le metió en la cara… le rompió un ojo.
Porque él me quería matar primero. Me aflojó las tuercas del carro y yo cogí el highway así mismo… el carro iba dando bandazos…

Lo contaba con una calma torcida. Como si el cuerpo humano pudiera acostumbrarse a cualquier nivel de desastre.

A su lado, la mujer tenía ojos de gata sobreviviente. Tatuajes envejecidos sobre la piel. No se veía derrotada. Peor: se veía adaptada.

Me preguntó si yo había venido antes al pantry.

Le dije que sí.

Quería saber si había que llenar alguna forma antes de que llamaran el número 23. Porque ellos iban a otros lugares alrededor, pero tenían mucho sin venir a ese.

Le expliqué que si hacía falta algo, ahí mismo lo resolvían.

Entonces ella empezó a reclamarle al hombre por no haber cogido tickets separados.

—Debiste sacar otro número.
—Pero es la misma vaina… —respondió él.

Después se viró hacia mí.

—Oye, pana… nosotros hacemos compra en PA, ¿verdad mamola?

Ella asintió rápido.

—En Pennsylvania los cupones rinden más…

Y siguió hablando. La miseria tiene una necesidad extraña de explicarse. Como si el sufrimiento, cuando se narra suficiente, pudiera justificarse solo.

Yo no quería estar dentro de aquella conversación. Pero ya era tarde.

Hay diálogos que funcionan como arenas movedizas: uno entra por cortesía y sale con la ropa emocional llena de lodo.

Entonces pregunté:

—¿Ustedes viven en PA?

Al hombre no le gustó la pregunta. El orgullo se le tensó en la mandíbula.

Hubo una pausa. Breve. Pero pesada.

Y después respondió:

—Somos de Point Pleasant Beach… Point Beach…

Lo dijo dos veces.

No para corregirme. Para recordárselo a él mismo.

Ahí entendí algo triste: cuando la gente pierde una casa, primero intenta salvar el nombre del lugar donde la perdió.

—Nos quemaron la casa —dijo ella después.

El hombre bajó la mirada apenas. Como si escuchar la tragedia en voz alta la volviera más cierta.

Entonces hice lo que hacen muchos dominicanos cuando ya no saben dónde guardar el dolor ajeno:

—Así es la vida.

Esa frase no sirve para nada. Por eso sirve para todo.

Cierra conversaciones. Entierra preguntas. Le pone una sábana limpia encima a la desgracia.

Me alejé otra vez.

Ya iban por el 9. Yo era el 10.

Entonces escuché que se levantaban detrás de mí.

Y el hombre, acomodándose una dignidad que apenas le alcanzaba para el pecho, dijo:

—Vámonos de aquí a hacer nuestras compras.

Como si todavía existiera alguna diferencia entre comprar comida y merecerla.

Afuera el sol caía duro sobre el parking.

Los hombres enseñaban orgullosos sus carros. Las mujeres las piernas. Los niños corrían entre carritos sin logo y bolsas genéricas. Todo parecía normal.

Pero no lo era.

Hace unos meses yo siempre era el 6 o el 7.

Ahora soy el 10.

Y nadie dice nada.

Pero uno empieza a entender que las ciudades no colapsan de golpe. Primero se llenan lentamente de gente haciendo fila en silencio.

La ruina verdadera nunca entra gritando.

Llega con un numerito en la mano.

Siempre mío... CiriWhispers
Ciriaco Pichardo

05/30/2026

Miró su reflejo tanto tiempo
que terminó pareciéndose
a alguien que no conocía.

Todo empezó despacio.

Primero fueron pequeñas concesiones.
Callarse cosas para evitar problemas.
Reírse en conversaciones donde quería desaparecer.
Decir “sí” cuando por dentro algo gritaba “ya no”.

Después vino la costumbre.

La gente empezó a conocer una versión de él que funcionaba mejor:
más tranquila, más útil, más fácil de digerir.
Y él dejó que ocurriera, porque sobrevivir también cansa, y a veces uno se acomoda dentro de personajes que no le pertenecen.

Hasta que un día se vio en el espejo del baño de un trabajo que odiaba.

Ojeras profundas.
La mirada apagada.
Una calma falsa sostenida con agotamiento.

Y sintió algo extraño.

No tristeza.
No rabia.

Desconocimiento.

Como si estuviera mirando a un primo lejano, a un hombre que llevaba años usando su nombre sin permiso.

Entonces entendió algo feo sobre la adultez:

a veces uno no pierde la vida de golpe.
La pierde poquito a poquito,
cada vez que traiciona algo suyo para encajar en un mundo que nunca iba a amarlo de verdad.

Y esa noche, mientras se lavaba la cara con agua fría, tuvo miedo de una sola cosa:

que la versión real de sí mismo
ya hubiera mu**to hace años…
y nadie, ni siquiera él, se hubiera dado cuenta.

Siempre mio... CiriWhispers Ciriaco Pichardo

05/30/2026

El jeep era rojo oscuro, casi sangre vieja.

Tenía patitos de goma alineados en el tablero: unos con sombreros, otros con lentes, otros con banderas diminutas pegadas al pecho.
Parecía absurdo… hasta que la escuchabas reírse de ellos como si fueran pasajeros reales.

Arriba, amarradas con cuerdas cansadas, iban cosas que no pertenecían a ninguna ciudad: bidones, mochilas, herramientas oxidadas, como si en cualquier semáforo pudiera desviarse hacia una montaña, una jungla o un glaciar.
Y quizás eso era ella realmente: alguien que nunca terminaba de estacionarse en el mundo.

Recuerdo el parqueo paralelo. Perfecto. Suave. Sin mirar apenas.
Como si algunas personas nacieran sabiendo exactamente dónde caben las cosas.

Después vino esa sonrisita orgullosa, mínima, tratando de fingir que no esperaba aplausos.
Y luego la frase: “wao… eso sí me quedó vacano.”

Levantó apenas los hombros al decirlo, como si toda la seguridad del mundo le diera vergüenza cuando alguien la veía.

Ahí fue.
No en el jeep.
No en el parqueo.
Ni siquiera en la risa.

Fue en ese instante pequeño donde entendí algo peligroso: hay personas que convierten lo cotidiano en refugio.
Y uno se queda queriendo volver incluso a los minutos más inútiles al lado de ellas.

Desde entonces los parqueos tienen algo triste.

Los jeeps rojos aparecen demasiado.
Las cuerdas rotas en los techos de otros carros parecen señales privadas.
Y a veces, detenido en un semáforo cualquiera, un patito de goma sobre un tablero ajeno alcanza para arruinarme la tarde entera.

Siempre mio... CiriWhispers Ciriaco Pichardo

05/28/2026

Hay días en que lo bonito no llega limpio.
Llega cansado.
Con polvo en los zapatos.

El sol caía sobre el estacionamiento como si todavía creyera en la gente.
No preguntaba nada.
Solo tocaba todo por igual: los carros viejos, los nuevos, los que solo estaban de paso.

Y en ese gesto había una especie de justicia silenciosa.

Una mujer se acomodaba el cabello frente al vidrio de un carro.
No era un gesto de vanidad.
Era un intento de orden.
Como si peinarse pudiera convencer al mundo de que todavía hay control en alguna parte.

Un niño corría detrás de un carrito vacío.
Lo empujaba como si fuera nave.
Como si la infancia fuera eso: encontrar velocidad en lo que no tiene destino.

Yo miraba sin mirar demasiado.
Hay momentos donde observar es la única forma de respeto.

El aire tenía ese olor mezclado de plástico caliente y comida lejana.
Y, sin embargo, entre todo eso, había algo suave escondido.

Una pareja riéndose sin razón.
Una risa pequeña, sin aspiración de ser recordada.
Solo viva.

Un hombre ayudando a otro a ajustar una carga en el techo del carro.
Sin conocerse.
Sin pedir nada.
Solo equilibrio.

Y pensé que tal vez eso es lo único que no se ha roto del todo.

No la economía.
No las calles.
No los números.

Sino ese impulso mínimo de la gente de sostenerse entre sí aunque sea un segundo más de lo necesario.

Un segundo que no salva la vida.
Pero la hace soportable.

Cuando me fui, el sol seguía ahí.
Como si no supiera que algunas cosas están mal.

Y por un instante breve, casi secreto,
el mundo no dolía.

Solo existía.

Siempre mío... CiriWhispers Ciriaco Pichardo

05/22/2026

La vida no se siente larga.

Se siente repetida.

No fue un pensamiento filosófico al principio.
Fue una sensación simple, incómoda, casi física.

Como si cada día tuviera la misma forma disfrazada de diferente hora.

Despertar.
Café.
Teléfono.
Trabajo.
Mensajes.
Cansancio.
Dormir.

Y al otro día… otra vez lo mismo, con pequeñas variaciones para engañar la mente.

Al principio uno cree que eso es estabilidad.
Después cree que es madurez.
Después deja de ponerle nombre.

Pero por dentro algo empieza a desgastarse.

No el cuerpo.
Sino la ilusión de novedad.

Una tarde, mientras caminaba sin prisa, notó algo extraño:
no estaba viviendo su vida, estaba recordándola mientras ocurría.

Como si todo ya hubiese pasado antes.
Como si el presente fuera solo una copia mal impresa de algo que nunca fue tan importante.

Y entonces lo entendió.

El problema no era el tiempo.
Era la forma en que uno deja de estar presente dentro de él.

Porque cuando la mente se va demasiado al futuro o se queda demasiado en el pasado, el ahora se vuelve invisible.

Y uno empieza a perder la vida sin darse cuenta…
no en tragedias grandes,
sino en días normales.

En cafés tomados sin gusto.
En conversaciones sin presencia.
En abrazos dados a medias.
En momentos que estaban ahí… pero nadie los habitaba.

Esa noche no cambió nada externo.

Pero por dentro, algo se quebró suavemente.

Y por primera vez en mucho tiempo, no intentó escapar del momento.

Solo se quedó ahí.

Respirando.

Entendiendo, sin alegría exagerada ni drama,
que tal vez la vida no es larga ni corta.

Solo es esto.

Y casi siempre… uno no está.

Siempre mío... CiriWhispers Ciriaco Pichardo

05/21/2026

La peor parte de existir
no es morir.

Eso lo entendió un martes cualquiera, mientras calentaba café viejo en una cocina silenciosa y miraba por la ventana como la lluvia ensuciaba más la ciudad.

La muerte, al final, parecía sencilla.
Incluso misericordiosa.

Lo verdaderamente difícil era esto otro:
levantarse todos los días con el corazón cansado y aun así seguir funcionando como si nada.

Cepillarse.
Responder mensajes.
Trabajar.
Decir “todo bien” con una sonrisa decente.
Seguir pagando cosas.
Seguir haciendo planes que ya no emocionaban.

Eso era lo insoportable.

No el dolor grande.
El dolor pequeño.
El constante.
La tristeza doméstica de existir sin entusiasmo.

Porque hay una fatiga que no se quita durmiendo.

Y él la conocía bien.

Era la fatiga de sentirse desconectado de la propia vida.
Como si todo estuviera ocurriendo detrás de un cristal invisible.
La gente riéndose lejos.
El mundo moviéndose lejos.
Y él… apenas presente dentro de sí mismo.

A veces imaginaba desaparecer por unos días.
No para llamar la atención.
No para castigar a nadie.
Solo para descansar de ser persona.

Y entonces le daba miedo pensarlo demasiado.

Porque entendía algo peligroso:
uno no se rompe de golpe.

Uno se va apagando lento.
Como un bombillo viejo que todavía da luz…
pero ya no calienta nada.

Siempre mío... CiriWhispers Ciriaco Pichardo

05/20/2026

Hay personas que sonríen
como quien pone flores
sobre una tumba.

Él conoció varias así.

Gente luminosa por fuera.
Carismática.
Siempre haciendo chistes, ayudando a otros, preguntando cómo están todos menos ellos mismos.

Personas que aprendieron temprano que el dolor ajeno incomoda.
Entonces se volvieron expertos disfrazándose.

Y nadie sospechaba nada.

Porque el ser humano tiene una costumbre cruel:
confunde alegría con ausencia de tristeza.

Pero él sabía mirar distinto.

Lo notaba en los silencios largos después de reírse.
En la manera en que ciertas personas se quedaban viendo la nada cuando creían que nadie las observaba.
En esos ojos cansados de quienes sobreviven sonriendo porque ya no saben hacer otra cosa.

Una noche, sentado frente a una mujer que parecía tener la vida resuelta, escuchó algo que nunca olvidó.

Ella sonrió antes de decirlo, incluso.

“Uno aprende a decorar sus ruinas.”

Y c**o…
qué frase tan triste.

Porque era verdad.

La mayoría no sana.
La mayoría acomoda el dolor.
Le pone rutina encima.
Trabajo encima.
Fotos encima.
Maquillaje encima.
Otras personas encima.

Hasta que la herida parece parte natural del cuerpo.

Desde entonces, cada vez que alguien le decía “me alegra verte feliz”, sentía un escalofrío raro.

Porque entendió que hay sonrisas que no nacen de la felicidad.

Nacen del cansancio.

Siempre mío... CiriWhispers Ciriaco Pichardo

05/17/2026

El universo no respondió.

Y quizás
esa fue la respuesta.

Pasó años preguntando cosas al vacío.
¿Por qué la gente buena termina rota?
¿Por qué algunos amores llegan tarde?
¿Por qué hay personas que nacen sintiéndose solas incluso rodeadas de cariño?

Nunca obtuvo nada.

Ni señales.
Ni milagros.
Ni esa claridad bonita que venden los libros de autoayuda.

Solo silencio.

Al principio eso le dolía.
Después comenzó a entenderlo.

Tal vez la existencia no tenía una explicación secreta esperando ser descubierta.
Tal vez nadie estaba escribiendo un destino perfecto detrás del telón.
Tal vez el universo era exactamente eso:
un lugar inmenso, indiferente, frío… donde cada quien intenta inventarse un sentido antes de desaparecer.

Y aunque sonaba triste, también había algo extrañamente liberador en eso.

Porque si nada venía con significado incluido, entonces uno podía construir el suyo.

Un café compartido.
Una canción de madrugada.
La voz de alguien diciendo “llegaste bien?”.
El sol entrando por una ventana cualquiera después de semanas difíciles.

Quizá la vida nunca fue sobre encontrar respuestas gigantes.

Quizá era simplemente aprender a soportar el vacío sin dejar que el vacío te convierta en piedra.

Esa noche dejó de mirar el cielo esperando explicaciones.

Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio no le pareció abandono.

Le pareció honestidad.

Siempre mío... CiriWhispers Ciriaco Pichardo

05/15/2026

La ciudad estaba llena de gente
corriendo hacia algún lugar.

Motores.
Pantallas.
Semáforos cambiando rápido.
Personas hablando solas por audios mientras caminaban como si llegar tarde fuera un pecado mortal.

Y él ahí, parado en medio de la acera, sintiendo que el mundo entero se movía demasiado deprisa para preguntarse algo simple:

“¿Para qué?”

No “qué sigue”.
No “cómo crecer”.
No “cómo producir más”.
Sino para qué c**o existía toda aquella prisa.

Veía hombres destruyéndose la espalda por trabajos que odiaban.
Mujeres aprendiendo a sonreír cansadas.
Muchachos volviéndose viejos antes de tiempo por perseguir una vida que ni siquiera deseaban de verdad.

Y lo peor era que nadie parecía notarlo.

La gente sobrevivía en automático.
Como ascensores dañados subiendo y bajando sin saber quién apretó el botón primero.

Una noche llegó a su casa, se quitó los zapatos y se quedó mirando el techo oscuro del cuarto.
Sin música.
Sin teléfono.
Sin ruido.

Y por primera vez tuvo miedo de algo más grande que la muerte.

Miedo de convertirse también en uno de ellos.
En otro cuerpo caminando rápido hacia ninguna parte.

Siempre mío... CiriWhispers Ciriaco Pichardo

05/14/2026

Trabajó toda su vida
para comprar silencio.

Desde muchacho creyó que el cansancio tenía sentido.
Que algún día el sacrificio iba a devolverle algo.
Paz quizá.
Una casa tranquila.
Dormir sin el pecho apretado.
Mirar el techo sin sentir que la vida se le estaba yendo demasiado rápido.

Por eso aceptó jornadas largas, despedidas pequeñas, amores a medias.
Cambió tiempo por dinero
como hacen casi todos.
Sin darse cuenta de que el tiempo era precisamente lo único que no volvía.

Y sí, un día lo logró.

El apartamento limpio.
La nevera llena.
El teléfono dejando de sonar.
Nadie pidiéndole nada.
Nadie esperándolo en ningún lugar.

Silencio absoluto.

Pero fue ahí donde entendió el error.

El ruido nunca venía de afuera.
Venía de esa parte de él que llevaba años evitando escuchar.

Porque hay personas que trabajan tanto
no para construir una vida…
sino para distraerse de ella.

Y cuando por fin se quedan solos,
sin deudas, sin ruido, sin excusas,
descubren algo terrible:

que pasaron la vida entera huyendo de sí mismos.

Siempre mío... CiriWhispers Ciriaco Pichardo

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