Let's think
06/01/2026
Let’s Think: “Vestidos con sus promesas en el invierno del alma”
1 de Junio de 2026
Versículo enfocado
“Tuyo es el día, tuya también es la noche; tú estableciste la luna y el sol. Tú fijaste todos los términos de la tierra; el verano y el invierno tú los formaste.”
(Salmo 74:16–17, RVR60)
Reflexión
Pensemos por un momento en esta verdad: Dios formó el verano y también el invierno.
No solo gobierna los días claros, cálidos y llenos de vida visible. También gobierna las estaciones frías, grises y silenciosas. Y eso nos lleva a una pregunta importante:
¿qué debemos recordar cuando el alma entra en invierno?
Todos entendemos, en cierta medida, lo que significa una estación fría por dentro. Hay momentos en que la esperanza parece marchitarse, la alegría se enfría y la vida espiritual se siente menos viva de lo que quisiéramos. Pueden venir pérdidas, enfermedades, cansancio, soledad, escasez, luchas familiares o una sensación de sequedad que cuesta explicar. Y en medio de eso, el corazón puede preguntarse:
“Señor, por qué esta estación tan fría?”
El salmo no siempre responde con detalles, pero sí nos da una certeza:
el Señor también formó el invierno.
Eso significa que la estación fría no escapa de su gobierno. No llega sin permiso. No aparece fuera de su providencia. El mismo Dios que diseñó los días luminosos también está presente cuando soplan vientos fríos sobre el alma.
Pensemos en esto con calma:
si Dios sostiene el orden del día y de la noche,
si mantiene el curso del verano y del invierno,
entonces también guardará fielmente el pacto que estableció con nosotros en Cristo.
El Dios que no falla en las estaciones de la creación tampoco fallará en su trato con sus hijos.
Eso no vuelve el invierno fácil. El invierno del alma sigue siendo difícil. Sigue doliendo. Sigue pesando. Pero cambia la forma de interpretarlo. Ya no lo vemos como señal de abandono, sino como una estación que también está bajo la mano sabia del Señor.
Entonces vale la pena pensar:
¿para qué puede usar Dios un invierno espiritual?
La helada, en la naturaleza, puede matar insectos dañinos, limpiar el suelo y preparar la tierra para una cosecha futura. Y muchas veces Dios hace algo parecido con nuestras estaciones difíciles. El invierno puede matar orgullos escondidos. Puede exponer ídolos. Puede purificar deseos. Puede debilitar la autosuficiencia. Puede profundizar la dependencia. Puede preparar un fruto que no habría crecido en un tiempo demasiado cómodo.
Pensemos también en esto:
no siempre entendemos el propósito exacto de cada aflicción,
pero sí podemos saber que no es inútil.
El Señor no desperdicia el invierno de sus hijos.
No envía escarcha sin sabiduría.
No permite el frío sin intención santa.
Y aquí hay un consuelo especialmente hermoso:
el mismo Dios que permite el invierno también se vuelve nuestro abrigo en medio de él.
Cuando hace frío, valoramos más el fuego.
Cuando el alma tiembla, aprendemos a apreciar más a Cristo.
Él es el calor del alma.
Él es el refugio en la intemperie.
Él es la fuente de consuelo cuando todo alrededor parece helado.
Por eso esta devocional no solo nos invita a soportar el invierno, sino a vestirnos con las promesas de Dios en medio de él. No esperar a sentir calor para acercarnos a Cristo, sino acercarnos a Cristo precisamente porque hace frío.
Vestirnos con esta promesa:
“No te desampararé, ni te dejaré.”
Vestirnos con esta otra:
“Bástate mi gracia.”
Vestirnos con esta:
“A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.”
Y también con esta esperanza:
“El llanto puede durar una noche, pero a la mañana vendrá la alegría.”
Pero hay algo más que debemos pensar. El invierno no debe convertirse en excusa para la pereza espiritual. Aun en tiempos fríos, sigue habiendo tareas de fe. Orar. Leer la Palabra. Congregarnos. Servir. Perseverar. Confesar pecado. Sembrar con lágrimas. Animar a otros. El invierno no cancela la obediencia; muchas veces la hace aún más necesaria.
Así que, alma mía, empieza esta estación con Dios. No esperes a sentirte mejor para acercarte al fuego. Acércate ahora. Cúbrete con sus promesas ahora. Sigue sembrando ahora. El Dios que formó el invierno también prepara la primavera.
Pensemos también en esto
Muchas personas piensan que si Dios es bueno, entonces la vida debería sentirse siempre como verano: claridad, progreso, calor y bienestar. Pero la creación misma nos enseña que la vida tiene estaciones, y que el invierno también cumple una función.
La fe cristiana no promete una existencia sin frío. Promete un Dios soberano sobre todas las estaciones. Y en Cristo vemos algo aún más profundo: Dios no mira nuestro invierno desde lejos. Entró en nuestra noche, cargó nuestra aflicción y venció por medio de la cruz y la resurrección. Por eso el sufrimiento del creyente no es absurdo. Puede ser usado por Dios para purificar, fortalecer y preparar fruto eterno.
Pregunta para pensar
¿Qué invierno está permitiendo Dios en tu vida, y con qué promesa necesitas vestirte hoy para no dejar de confiar, obedecer y sembrar?
Cita pastoral
“El invierno del alma no significa que Dios se fue; muchas veces es la estación donde Cristo se vuelve nuestro abrigo más precioso.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Señor, tú formaste el verano y el invierno. Reconozco que también gobiernas las estaciones de mi alma. Cuando vengan días fríos, ayúdame a no murmurar ni alejarme de Ti. Vísteme con tus promesas, calienta mi corazón con tu presencia y purifica mi vida por medio de tu gracia. Enséñame a seguir sembrando aun en invierno, confiando en que Tú preparas fruto para tu gloria. En el nombre de Jesús, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
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