Reflexiones del Padre Gumer
(Jn 19,25-34) Lunes después de pentecostés Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia. «Aquí tienes a tu madre»
Hoy, el calendario litúrgico nos regala una transición perfecta. Apenas un día después de ese gran despliegue del Espíritu, la Iglesia se detiene a celebrar la memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia. No es una coincidencia temporal; es un misterio de amor. Dios, en su infinita sabiduría, quiso que la Iglesia que ayer nacía con fuerza, hoy se reconozca cobijada bajo el manto protector de una Madre. En la hora suprema de la Cruz, cuando el sufrimiento de Jesús llega a su límite, no hay espacio para lo superfluo; solo hay lugar para lo esencial. Al entregarnos a su Madre en la persona de Juan, Jesús nos está dejando su testamento más íntimo. Juan representa a toda la Iglesia. En ese instante, la maternidad de María se ensancha: deja de ser solo la madre de Jesús para convertirse en la madre de todos los creyentes. María no recibe este encargo como una carga, sino como una extensión de su "Sí" original en la Anunciación.
Señor Dios, Padre de misericordia, que nos diste como Madre nuestra a la Madre de tu propio Hijo, concédenos, por su mediación, la gracia de vivir siempre unidos en el amor y de ser testigos valientes de tu Evangelio. Amén.
(Jn 21,20-25) Sábado 7ª semana de Pascua. «Las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero»
Hoy llegamos al final de un gran recorrido espiritual. Las lecturas de este sábado de la séptima semana de Pascua cierran con broche de oro dos de los libros más importantes del Nuevo Testamento: el Evangelio de Juan y los Hechos de los Apóstoles. Al concluir el tiempo pascual, la Iglesia nos recuerda que la historia de la salvación no terminó con los apóstoles: ellos cerraron sus libros para que nosotros, con el Espíritu Santo, continuemos escribiendo los siguientes capítulos con nuestra propia vida. La respuesta de Jesús a Pedro es tajante, casi un tirón de orejas espiritual: "Si yo quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué más te da? Tú sígueme". Hermanos, ¡cuánto daño nos hacemos cuando nos comparamos con los demás! En la vida espiritual y en la vida cotidiana, muchas veces caemos en la tentación de Pedro: "¿Por qué a aquel le va mejor si reza menos?", "¿Por qué mi cruz es más pesada que la de mi vecino?", "¿Por qué Dios le dio dones a él que a mí no me dio?". Jesús nos dice hoy a cada uno de nosotros: ¿A ti qué más te da? Deja de mirar el camino ajeno. Tu historia conmigo es única. Yo te he llamado a ti, con tu nombre, con tus virtudes y con tu cruz. Tú, simplemente, sígueme.
Señor Jesús, sana nuestro corazón de toda envidia, duda o comparación. Cuando caigamos en la tentación de mirar el camino de los demás, danos la gracia de escuchar tu voz firme y amorosa que nos dice: "Tú, sígueme". Nos disponemos a recibir los dones del Espíritu Santo en Pentecostés, para seguir escribiendo con nuestras vidas la historia de tu amor inagotable. Amén.
(Jn 17,11b-19) Miércoles 7ª semana de Pascua. «Que tengan en sí mismos mi alegría colmada»
Las lecturas de hoy nos sitúan en un ambiente de profunda intimidad, pero también de transición. Estamos en los días previos a Pentecostés. Jesús, al rezar por sus discípulos antes de la Pasión, están diciendo "hasta luego". No es una despedida de abandono, sino de confianza y envío. Miran al futuro con realismo, saben que habrá dificultades, pero no dejan a los suyos desamparados: los encomiendan a Dios y a la fuerza de su Gracia. Hoy, esa misma oración y esa misma encomienda se actualizan para cada uno de nosotros. Cristo nos consagra para que seamos sus testigos. En una época marcada por las verdades a medias, por la confusión y por la posverdad, el cristiano está llamado a apoyarse firmemente en la roca de la Palabra de Dios. Vivir consagrados en la verdad significa que nuestra vida diaria debe ser transparente, coherente, y debe reflejar el amor incondicional de Dios. Jesús ya venció al mundo y ya rogó por nuestra protección. Por lo tanto, no tenemos excusa para la cobardía espiritual. En nuestros ambientes, muchas veces hostiles a la fe, estamos llamados a ser el antídoto contra la división y la desesperanza, llevando siempre palabras de vida, de reconciliación y de paz.
Señor Jesús, envíanos tu Espíritu Santo para que, lejos de acobardarnos ante las dificultades, sepamos cuidar de nuestros hermanos, defender la unidad de la Iglesia y ser testigos valientes de tu Resurrección. No permitas que el mal nos robe la alegría de pertenecerte. Amén.
(Jn 16,29-33) Lunes 7ª semana de Pascua. «¡Ánimo!: yo he vencido al mundo»
Nos encontramos en los últimos días del tiempo de Pascua, en esa tensa y santa espera de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Las lecturas de hoy nos sitúan en un momento de transición y de madurez en la fe. Los discípulos creen haberlo entendido todo, pero Jesús les advierte que su fe aún debe ser probada en la tribulación. Hoy la Palabra nos invita a hacernos una pregunta fundamental: ¿En qué o en quién está puesta nuestra seguridad en los momentos de crisis? La paz de Jesús es la certeza interior de que, pase lo que pase, no estamos solos. Es la seguridad de saber que la última palabra de la historia no la tiene el dolor, ni el pecado, ni la muerte. La última palabra la tiene Él, que ya ha vencido. Queridos hermanos, que la Palabra de hoy se convierta en vida para nosotros durante esta semana. Primero, dejemos de confiar en nuestras propias fuerzas y abrámonos al Espíritu Santo. En cada dificultad de estos días, repitamos en el corazón: "Ven, Espíritu Santo, yo no puedo con esto, pero Tú sí". Y segundo, no nos desanimemos ante las tribulaciones. Cuando el mundo parezca derrumbarse a nuestro alrededor o en nuestro propio interior, miremos la cruz y el sepulcro vacío, y escuchemos el eco de la voz de Cristo que nos dice: "Tén valor, no temas, Yo ya he vencido".
Señor Jesús, te damos gracias por tu Palabra que hoy nos sacude y nos consuela. Danos la gracia de experimentar hoy tu paz, esa paz que el mundo no puede dar, y la santa valentía para recordar siempre que Tú ya has vencido al mundo. Envía tu Espíritu sobre nosotros para que reavive nuestra fe. Amén.
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