Viñedo Raquel de Puerto Rico

Viñedo Raquel de Puerto Rico

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09/06/2025

Comentario Mateo 5, 1-12:
Alguna vez, alguien recién convertido, uno de esos que Jesús «atrapa» a mitad del camino de la vida, uno de esos corazones tocados por el Espíritu Santo, por un Dios que no se cansa de obrar y obrar a lo largo y ancho del mundo, comentaba en grupo sus sensaciones desde que estaba siguiendo a Jesús más comprometido y decía algo así: «Desde que estoy en el Camino, desde que sigo más de cerca a Jesús, no paro de sorprenderme, es como estar subiendo una montaña, es como cuando llegas a una cima y piensás que es la última, y de repente ves otros picos más, subes esa otra cima que aspirás y aparecen muchos más… nunca dejás de maravillarte y sorprenderte, cuando subes a la montaña». Lo mismo pasa con Jesús. ¿Te pasa eso alguna vez de alguna manera, en el camino de la fe? ¿Te pasa? Es lo que deseo que nos pase a todos, a ti y a mí, a ti escuchando, a mí predicando y escuchando, escuchando y predicando. Debemos pedir que nunca dejemos de maravillarnos, nunca dejar de sorprendernos de un Jesús que viene a saciar nuestra sed y nuestra hambre, que no pueden saciarse con cualquier cosa, sino que solo con él.
Empezamos esta semana, queriendo subir a la montaña, te propongo, una montaña tras otra, un pico tras otro, escuchando el llamado Sermón de la montaña del Evangelio de Mateo. Durante casi tres semanas escucharemos estos maravillosos capítulos 5, 6 y 7 de este Evangelio. Este sermón, Jesús lo comienza con las famosas y ya conocidas, pero al mismo tiempo poco profundizadas, bienaventuranzas, y durante este tiempo aprenderemos a ser hijos de Dios, será un tiempo maravilloso en donde Jesús nos abrirá su corazón para que aprendamos a vivir como él, a ser hijos del Padre.
Por eso te propongo disponernos y disfrutar mucho de estas palabras que nos acompañarán. Así como Jesús subió a la montaña, se sentó y sus discípulos se acercaron quedándose junto a él, de la misma manera nosotros podemos subir simbólicamente la montaña para estar junto con él.
Él sube a la montaña para que nosotros subamos tras él, para que salgamos de nosotros mismos, nos sentemos a su alrededor y empecemos a escuchar estas palabras que salen de un corazón de Hijo, que siente como Hijo, que vive como Hijo, y que quiere transmitirnos esa vida de los hijos de Dios a cada uno de nosotros. Las bienaventuranzas son, de algún modo, el rostro de Jesús; son en realidad las promesas que nos hace para que podamos vivir como él. Podríamos preguntarnos: ¿Cuál es la clave de las bienaventuranzas? ¿Cuál es la clave para poder comprenderlas? Porque no dejan de tener algo enigmático o de difícil comprensión. La clave de las bienaventuranzas, la clave para comprenderlas es el mismo Jesús, porque él las vivió primero, porque él es el Maestro para vivirlas.
En el Evangelio de hoy se las menciona a todas, por eso podemos hacer un repaso, comparándolas con Jesús. ¿Quién es el «pobre de espíritu» ?: Jesús. ¿Quién es el «manso de corazón» ?: Jesús. «Aprendan de mí –nos dijo– que soy manso y humilde de corazón». ¿Quién es el que «llora» ?: Jesús lloró sobre Jerusalén por amor, por su amigo Lázaro. Jesús también es el que siempre tuvo «hambre y sed de justicia», cuando dijo a la samaritana: «Dame de beber», ¿y qué le pedía?: Justamente en ella, en esta mujer, le pedía a toda la humanidad, el amor.
También Jesús dijo en la Cruz: «Tengo sed», ¿sed de qué?: De nuestro amor, del tuyo y del mío. Jesús también dijo: «Yo tengo una comida que ustedes no conocen», el hambre de Jesús es hacer la voluntad del Padre. «Bienaventurados también los misericordiosos». Jesús es el Pastor misericordioso que carga sobre sí a la oveja y si se le pierde, va a buscarla.
¿Quién es «limpio de corazón» sino Jesús?, que tiene un corazón puro, que transparenta la imagen del Padre. «Felices los que trabajan por la paz». Por eso Jesús pacificó todas las cosas con la sangre de su Cruz por medio del amor. Él es «perseguido por causa de la justicia», quién más que él.
Por eso, si Jesús vivió primero las bienaventuranzas, pidámosle que nos ayude a poder vivirlas nosotros. Nos propone su propio ejemplo, su propia vida, nos propone vivir como su corazón: «Bienaventurados los que viven como Yo», podríamos decir. «Bienaventurados los que viven como mi Corazón enseña».
Cada bienaventuranza tiene una promesa, por eso cada una dice: «Felices... porque ellos poseerán, ellos serán saciados, ellos alcanzarán misericordia». Son promesas que el Padre nos hace a todos. Así tenemos que empezar a vivirlas, no como nuevos mandatos o mandamientos que brotan desde afuera, sino como una promesa que nos dará la felicidad del cielo.

02/04/2025

Comentario a Juan 5, 17-30:

Retomando una vez más la parábola del domingo, esa parábola maravillosa del padre y los dos hijos, tenemos que volver hacia ella para comprender por qué Jesús finalmente cuenta esa parábola donde les estaba reflejando quiénes eran realmente los escribas y los fariseos. En el fondo, con esta parábola Jesús les pone un espejo y les dice: Miren, ustedes son el hijo mayor, ustedes son aquellos que se creen salvados y no se alegran porque un pecador vuelva hacia Dios. En definitiva, Jesús les está contando esa parábola para que se vean reflejados a sí mismos y puedan cambiar, porque murmuraban de él. Pero, finalmente, como sabemos, esto no conmovía el corazón de todos los fariseos y era un motivo más para que lo rechacen, para que lo critiquen, porque en realidad no terminaban de comprender el corazón de Dios. Jesús vino a mostrarnos cómo es el corazón de su Padre, y nosotros no aprendemos a escucharlo y no vemos reflejado en sus actitudes las actitudes del mismo Padre, seguiremos haciéndonos una imagen de Dios a nuestra medida. Y Dios es como es, es misericordioso; se alegra cuando alguien vuelve hacia él y lo único que desea es que sus hijos estén juntos y vivan como hermanos.
Vamos a el Evangelio de hoy. Te propongo que intentes imaginarte en este momento todo lo que hacés a veces en tu vida por esperar algo que deseas con todo tu corazón, todos los medios que ponemos todos para alcanzar lo que buscamos cuando lo queremos verdaderamente, lo que consideramos importante en nuestra vida, las veces que nos quedamos despiertos para esperar a un hijo que volvía tarde, las noches casi sin dormir por ver una película que tanto nos gustaba o que nos recomendaron, las veces que tuvimos que esperar para encontrarnos con la mujer o el varón del cual te habías enamorado. Todos somos capaces de esforzarnos verdaderamente cuando deseamos algo, todos somos capaces de hacer cosas grandes cuando amamos algo de verdad, cuando lo deseamos en serio. Por eso, la clave, el desafío en estos tiempos es volver a despertar nuestros deseos de Dios, desear, desear en serio, desear y buscar.
Una vez alguien me dijo algo que me hizo reflexionar. «Cada día con mi mujer esperamos la Palabra de Dios como un niño espera su comida», me acuerdo que me dijo. ¡Qué imagen más elocuente, qué imagen más linda! Imaginémonos si esperamos cada día lo que Dios nos quiere decir como esperamos la comida, la mejor comida que imaginemos, la de nuestra madre, el asado de cada semana.
Rezo todos los días para que cada día esperes tu y muchos más la Palabra de Dios, no esperes lo que yo voy a escribir, sino que esperes el alimento que alimenta en serio, que sacia, que cura, que de golpe ilumina, que llena de alegría y miles de cosas más. Pidamos ese regalo para todos, no nos cansemos de pedir, de pedir, de desear, pedir esperar, es tener hambre de lo que Dios nos dice. Es por eso que en el Evangelio de hoy, que es un poco complejo, me quedo con estas palabras de Jesús: «Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida».
Todo lo que Jesús hizo y habló, fue para que creamos en el que lo envió, para que creamos en su Padre, para que creyendo en que Dios es Padre misericordioso tengamos vida y Vida eterna, vida de la buena, vida en abundancia, vida que nos quita el miedo y que nos saca de la muerte de esta vida.
Los escritos que realizamos no son para que los leas solamente, sino para que leamos la de Palabra de Jesús y, escuchando la de Jesús, escuchemos la del Padre del Cielo. Esto es una cadena del amor de Dios. Dios Padre salió a buscar a sus hijos enviando a su Hijo al mundo para que creyendo en sus palabras creamos en que el Padre es mucho más bueno de lo que imaginamos, que a Dios no podemos tenerle miedo, que el amor quita el miedo, el amor levanta y nos hace andar con nuestra antigua camilla por el mundo, creyendo y caminando.
Acordémonos que Dios es como el Padre de la parábola del domingo, no es como a veces nosotros creemos. Acordémonos que hay que creer y caminar, no queda otro camino. ¿Queremos curarnos? Creamos, tomemos nuestra camilla y empecemos a caminar. Así empiezan las cosas lindas de la vida. Creamos que Jesús vino a darnos vida y Vida eterna.

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