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05/12/2022

Uwaga‼

17/02/2021

RELATO FINALISTA 1. CURSO 20/21

2.11.1902

Manzanas putrefactas en la mesa. Una capa de polvo en la alfombra comprada en el mercado del barrio hacía 24 años. No había crujidos ni susurros, no había ningún sonido; pues, había uno: el zumbido de las moscas que se habían instalado en la casa como si fueran sus dueños legítimos. Aparte de eso, silencio total.

Alguien llamó a la puerta. La enfermera que ponía inyecciones a Lucía llegó 15 minutos más temprano, lo que normalmente no era un problema: la señora siempre pasaba sus tardes en el piso, mirando por la ventana si la muchacha de al lado otra vez había olvidado sus llaves o el viejo verde que vivía en la esquina de la calle le iba a gritar un par de frases asquerosas para atraer su atención. Pero ese día era diferente; el aire olía diferente, como si fuera más denso, más concentrado, casi palpable… La enfermera hizo una expresión característica para ese tipo de situaciones (ojos entrecerrados, dientes apretados, esfuerzo y concentración visibles en la frente) y miró su alrededor solo para darse cuenta de que nadie estaba en la casa y que la persona ausente ciertamente necesitaba una señora de la limpieza.

¿Y adónde se había ido Lucía? La enfermera no lo sabía y realmente no le importaba. Era de verdad la mujer más indiferente a todas las calamidades de ese mundo, pues la desaparición de Lucía solo significó una tarde libre para ella, aunque el hedor de la comida podrida debería haberle provocado algún sentimiento extraño; y si lo provocó, ignorarlo no fue una decisión responsable.

Al salir, la enfermera sintió un espasmo en el pecho y cayó en el suelo. No podía moverse ni hablar, ya sabía que algo estaba pasando. Sus ojos empezaron a cerrarse, sus músculos se pusieron rígidos. Una silueta negra y borrosa apareció ante ella. ¿Dónde estaba la señora Lucía?



4.11.1902

Es que no... No me acuerdo, Melania. Tuve que salir por un momento, sabía que ella llegaría a las siete de la tarde, pero todavía tenía quince minutos para irme al mercado. Tenía que comprar manzanas, ya que las había comido todas que tenía en mi piso. Volví unos minutos después, ya eran las siete. Esperé diez, quince minutos, media hora... Mi intuición me decía que algo extraño estaba pasando, ella nunca había llegado tarde. Puse las frutas en un cuenco y me senté en mi sillón. Oí al viejo que vive en la esquina de la calle, él siempre grita cosas asquerosas a las chicas del barrio; todo parecía normal, quieto... hasta que sentí un espasmo en mi pierna. No pude levantarme, no pude hablar ni abrir los ojos, algo negro parecía formarse en mi mente, no podía comprender qué estaba pasando, pero me sometí a esa fuerza, ese oscuro humo que penetraba mis nervios y músculos...

En ese momento Bianca, la enfermera, abrió la puerta. Eran casi las siete, yo estaba tan perpleja que no podía pensar claramente. Ella dijo algo, creo que me pidió que me concentrara; aquel rato parecía como si no fuera real, como si mi percepción no funcionara como siempre...

Al salir, me dijo que no tenía que preocuparme, que todo estaba bajo control. No sabía de qué hablaba, todavía tenía la impresión de que algo oscuro estaba ante mis ojos, pues me levanté, bajé las escaleras, sintiéndome como si bajara en el in****no, pero no el in****no ardiente, con diablos... Era como un vacío completo, el in****no donde estás sólo para siempre, sujeto a la voluntad de la tiniebla. Es todo que recuerdo hasta ahora. No sé cómo he llegado aquí. Me parece que alguna fuerza me ha controlado, tenía que contártelo todo. ¿Melania, me oyes?



21.11.1902

Todas las mujeres en la ciudad sabían que ya no era solo una casualidad extraña, una horrenda anécdota, una historia de terror, misterio y miedo de los libros de Edgar Allan Poe. Eso ya no era un caso de las apagadas de la calle Burgos, de las que nadie nunca había oído antes y probablemente nunca hubiera oído si no fuera por su ‘desaparición’ súbita.

Desde ese día, cada tarde, a la hora que parecía ser las siete, varias mujeres de la ciudad se desmayaban, perdían totalmente la conexión con lo que conocemos como la realidad. Vivían, pero estaban muertas. Ojos abiertos, una expresión descaradamente eufórica y tímida a la vez, pero ningún signo de contacto con el resto del mundo: como si alguien les hubiera dejado sin oxígeno. Todos se preguntaban si podría pasar a su niña, a su novia, cuándo todo eso se acabaría, adónde iban, por qué parecían tan llenas de vida y muertas a la vez, si se despertarían algún día...

Clara estaba en la cocina, leyendo un periódico sobre nuevos casos de mujeres disociadas, cuando entró su marido. No lo vio al principio, pero cuando se acercó un poco, parecía tener algo raro y penetrante en la mirada; cierta lucidez, que en seguida provocó un escalofrío ligero que subió por la espalda de la mujer como un gusano sube por una piedra. La besó, como siempre, en la mejilla y siguió yendo hacia el salón. El gusano empezó a explorar todo el cuerpo de Clara, iba creciendo, agrandándose, y, de repente, le mordió a ella, causándole un dolor tan fuerte que la noqueó. La última cosa que vio fue una figura de humo denso y hosco, como si hubiera sido hecho de minúsculas partes de alquitrán suspendidas en el aire; y la sonrisa de su marido.



14.11.1902

Cerró la puerta y entró en la habitación; el aire era pesado y húmedo, sobresaturado de hedor asfixiante de manzanas y humo de origen desconocido. Se quitó los guantes, sacando a la oscuridad sus manos suaves. Un veintipico de miradas fijadas en la silueta no mostraba ni terror ni inquietud, solo una combinación de curiosidad extraña, sumisión y, en algunos casos, confianza total.

Parecía haberse formado de la negrura, de la tiniebla que te absorbaba sin que te des cuenta. Un taconeo llenaba toda la habitación, produciendo un efecto casi hipnótico: el cerebro humano empieza a andar por los meandros de lo subconsciente cuando se lo priva de suficientes estímulos, y allí no se hallaban muchos. Todavía no podían ver su cara; solo sus brazos, el pecho y las piernas, todo negro y humoso.

Empezó a dar órdenes. Cuando hablaba, su voz producía un zumbido en los oídos que casi aturdía, pero a la vez se deslizaba por la mente como una cinta de muselina, calmando todas las inquietudes y dudas. Andaba dando pasos firmes con sus piernas delgadas, investigando con una mirada indulgente las caras honestas de las mujeres.

Finalmente se paró en la esquina de la habitación y se quitó pausadamente la máscara que le cubría la cara. Resultó que, al revelarla, cada una de las mujeres vio su propio rostro en la criatura, cada una empezó a oír su propia voz, oler sus propios perfumes. Sin embargo, no era como un espejo; era como un gemelo maligno, un clon del más allá, un fantasma encarnado en un cuerpo sin s**o, o de ambos, un cuerpo precioso y casi deformado a la vez. Levantó la cabeza, fijando su mirada al nivel de las caras que observaban curiosamente los alrededores. Sus pupilas se dilataron, parecían absorber toda la luz que entraba en la habitación por una ventanilla.

— Las extrañé —dijo, levemente separando los labios en una sonrisa atenuada, mostrando los dientes blancos y brillantes.

DESPUÉS

–Mírenme. ¿Qué ven: una chica desesperada que, cueste lo que cueste, ¿desea un cambio? ¿O quizá una mujer que casi, casi lo tiene todo, pero a la vez no tiene nada? –Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas de rabia.

–No puedes hablarnos así, ¡no tienes ningún derecho! –exclamó Lucía, profundamente ofendida, pero ya pensando que había algo de verdad en lo que decía la bestia. Era la única que se atrevió a levantar la voz, probablemente por ser la más experimentada de todas.

La silueta estaba haciéndose más y más definida, ya todas las mujeres reconocían sus propias caras, tenían que enfrentar la realidad brutal: sí que estaban soñando, pero de tal manera que esa pesadilla se entrelazaba con momentos de lucidez y conciencia.

–Conozco vuestras debilidades, conozco todos los miedos que tenéis que enfrentar cada día. –Ya no hablaba con enojo, sino con compasión y calma –. Bianca, ¿por qué estás llorando? Estoy aquí para que podáis finalmente ver que hay algo roto en vuestras vidas.

Bianca levantó la cabeza.

–Cuéntalo todo, por favor. Queremos saberlo todo, todas tenemos ansiedades, cosas que están matándonos, poco a poco, como si cada día un trocito de nuestros corazones se estuviera pudriendo como una fruta olvidada –su voz empezó a temblar de dolor– como si un insecto se hubiera instalado en nuestro cuerpo e inyectara un veneno.

El fantasma empezó a hablar con cada una de las mujeres, revelando todo lo que antes temían oír: todas las verdades incómodas, todos los pensamientos suprimidos por ser demasiado dolorosos...

–¿Cuándo volveremos? –la más atrevida una vez más, Lucía preguntó a la figura negra con impaciencia.

–¿Y qué va a pasar con nosotras después?

Al pronunciar esas palabras, Bianca se desmayó. Las otras mujeres también empezaron a desmayarse, una tras otra. La silueta se iba difuminando ya otra vez...

Llegó el día. Algunas de ellas se despertaron brevemente después de haberse desmayado y otras más tarde, dos o tres semanas más tarde. Algunas se daban cuenta de lo que había pasado, contaban la historia a los demás, pero parecía que nadie las entendía de verdad. ¿Cómo todas estaban en la habitación en el mismo tiempo? ¿Por qué ellas? Cada una tenía una vida muy diferente, pero les unía una cosa: todas estaban hartas. Todas tenían una persona quien les humillaba, causaba dolor de una u otra manera. A todas les parecía que nada tenía sentido.

Ya el aire era menos cargado en la ciudad, se sentía llegar la primavera. Lucía se murió hacía tres días; la soledad de su piso, una vida sin sentido y el dolor físico de la vejez que la acompañaba cada día no tenían remedio. La pobrecita tomó la situación demasiado en serio y sí que cambió su vida, pero la cambió por la muerte. Quizá por eso se había despertado más temprano, para tener un poco más de tiempo en la Tierra.

Afortunadamente, el caso de Melania no era tan inquietante; decidió enfrentar sus ansiedades y dejó de suprimirlos escondiéndose todo el tiempo detrás de una sonrisa artificial y, de nuevo, empezó a llenar su vida solamente con personas que veían que había algo más profundo en su personalidad, que no era solo una buena amiga.

Bianca y su marido se separaron cuando ella se dio cuenta de que ese matrimonio no le hace bien. ¿Para qué seguir poniendo tanto esfuerzo en algo que no da ningún fruto, ninguna alegría? Él era como un fantasma en su vida: siempre a su lado, cerca, vigilando todo, pero nunca verdaderamente con ella.

Y tú, ¿cómo reaccionarías si alguna vez te encontraras en una oscura habitación donde una figura negra te echara en cara todo lo que temes oír?

17/02/2021

RELATO FINALISTA 2. CURSO 20/21

La llegada



Eran las nueve de la tarde cuando un coche deportivo de color carmesí apareció en el horizonte. El coche se movía con una gran velocidad y finalmente se detuvo en la entrada con el chirrido de neumáticos. El inspector Rojas salió del coche y cerró la puerta con un movimiento rápido. Era un hombre de mediana edad con el pelo corto, de color gris y con la mirada viva y penetrante. Solo tres horas antes estaba en su casa en Madrid haciendo el papeleo, cuando de repente recibió una llamada inesperada. “Eso puede ser el caso más importante en toda tu vida” - oyó en el teléfono la voz emocionada - “Alguien había asesinado a Rafael Castillo”.

Sin pensar mucho, Rojas cogió las llaves del coche y salió de la casa a toda prisa. Tenía que llegar al sitio tan pronto como fuera posible, antes de que la información sobre el as*****to se propagara. Rafael Castillo era el padre de la familia Castillo, una de las familias más ricas e influyentes en toda España. Era seguro que la noticia de su muerte atraería a periodistas. La familia Castillo vivía en una mansión antigua en las afueras de Valencia. Después de tres horas, el inspector finalmente llegó a la casona. Todo el viaje estuvo pensando de los escenarios más probables, los móviles del crimen y los sospechosos hipotéticos. Era bien conocido que Rafael tenía varios enemigos y muchas personas deseaban que muriera.

Rojas sonó la campana y después de un rato oyó un taconeo al otro lado de la puerta. Le abrió una mujer alta y muy elegante, vestida de negro. Se llamaba Sofia Castillo y era la esposa del difunto. Dio un vistazo al hombre y dijo:

¿Es usted, señor Rojas? Ha venido innecesariamente. No hay que hacer ninguna investigación. Yo lo maté.



¿Me cree?



Mi voz sonó muy convincentemente pues espero que el inspector me crea. No puedo permitirle realizar esta investigación, es demasiado peligroso para nuestra familia. Hay que convencerlo de que yo maté a mi marido. Voy a contarle la historia con todos los detalles, tal como la he preparado antes. Le diré que fue un accidente, que me peleé con Rafael y que le empujé. Él se tropezó y su cabeza golpeó la mesa al caer al suelo. Eso suena creíble. ¡Ah, dios mío, ojalá creyera en esta versión de la historia! Menos mal que pedí a nuestro guardia de seguridad que eliminara todas las grabaciones de la noche del as*****to y que no hay ninguna prueba de lo que ocurrió realmente. Rojas tiene que creerme. Cuando sepa la verdad, todo el plan será arruinado.

Ahora está clavando sus ojos en mí como si quisiera leer la verdad en mi mirada. ¿Qué pasará si descubre la verdad? He oído de diferentes personas que es uno de los mejores investigadores en toda España, que es muy inteligente y listo, que es un verdadero maestro de la deducción. No será fácil engañarlo. He instruido a todos los familiares y los sirvientes para que digan al inspector todo lo que les pedí. Van a decir que no vieron y no oyeron nada, solamente nuestros gritos y los sonidos de una discusión matrimonial. ¡Ah, dios mío, me voy a pudrir en la cárcel! Pero no tengo otra opción, tengo que proteger a mi hijo. ¡Pobre Manuel!, él tampoco tiene la culpa. Toda esta situación es una gran conspiración preparada por los oponentes de nuestra familia. Lo prepararon con todo detalle y ahora tengo que jugar su juego. ¡Rafael, mi cariño, qué pena que no estuvieras aquí conmigo. Tú sabrías qué hacer, cómo resolver esta situación tan desesperada...





En la búsqueda de la verdad



El inspector Rojas estaba sentado en su despacho analizando otra vez todos los detalles del as*****to de Rafael Castillo. Nunca antes, durante de los veinticinco años de su carrera había tenido tantas dudas e incertidumbres al dirigir la investigación. Tenía mucha experiencia, pero este caso era distinto a los otros. Todo el día anterior interrogó a Sofia Castillo, pero todavía no estaba seguro de su culpabilidad. La historia contada por la esposa del difunto le parecía muy lógica y bien pensada, pero algo le intrigaba: ¿Cuál era su motivo verdadero?

Para encontrar la respuesta para esa pregunta, Rojas decidió hablar con el hijo del difunto: Manuel Castillo. Tenía la corazonada de que su testimonio sería crucial para la investigación, pero había un problema: el chico había desaparecido. Nadie lo había visto a partir del día del as*****to. La madre aseguraba que su hijo se encontraba en algún centro de terapia situado en Suiza. Tenía que ir allí por los motivos de su malestar general después de la muerte de su padre.

Al no poder hablar con Manuel, Rojas decidió buscar alguna información sobre el amigo y a la vez el socio del difunto: Carlos Mendoza. Había oído algunos rumores de que últimamente la relación entre los dos compañeros era muy tensa. Los hombres pasaban casi todo el tiempo juntos y se peleaban con mucha frecuencia. Además, sabía que en el pasado Mendoza tuvo algunas conexiones misteriosas con los jefes de la mafia valenciana. Todo eso hacía de él un posible sospechoso. Rojas sabía que era muy probable que descubriera algo más sobre su pasado criminal en los sistemas policiales. Pasó tres días buscando pistas o indicaciones que le facilitaran la investigación, pero todo su esfuerzo fracasó estrepitosamente. No encontró ninguna información sobre Carlos Mendoza, por eso decidió hacerle una visita e interrogarle. No sabía que esa visita sería el punto de inflexión de toda la investigación...



La transformación



Carlos Mendoza se despertó cubierto por el frío sudor y fue al baño para tomar otra vez unas pastillas para el resfriado. Llevaba un mes que no podía dormir, le molestaban las pesadillas y los remordimientos de conciencia. Entró al baño y miró al espejo. Al principio no podía creer que lo que vio fue su propio reflejo. En un mes su cara se cambió drásticamente como si tuviera 15 años más que en la realidad.

El estrés de los últimos días provocó que todo su rostro estuviera cubierto de arrugas que aparecieron una encima de la otra. Sus mejillas estaban huecas, su piel estaba pálida, seca y esquelética porque desde hacía mucho tiempo no salía afuera. No sabía cuándo el pelo en su cabeza se puso blanco y comenzó a caerse. Todo su cuerpo fue muy débil y temblaba de cansancio. Las pesadillas que le molestaban y la falta del descanso hicieron que no tuvo fuerzas para nada. Fue flaco y demacrado como si no hubiera comido nada en los últimos días. Sus ojos también estaban cansados y llenos de miedo y de pánico. Bajo sus ojos aparecieron las evidentes ojeras por falta del sueño. Carlos estaba mirando fijamente en su reflejo para reconocerse, quería encontrar en su mirada ese hermoso, elegante y delgado joven que era antes, un joven con los ojos brillantes y una sonrisa perfecta, pero lo único que vio fue la cara de un anciano cansado, que estaba harto de todo. Era la cara de un culpable.

Al no poder mirarse más a sí mismo, apagó la luz y volvió a la cama. Pensó que los últimos acontecimientos habían cambiado toda su vida y que nunca iba a encontrar la paz.





El interrogatorio



El inspector Rojas apagó el ci******lo y entró en la sala de interrogatorio donde ya estaban Sofia Castillo y Carlos Mendoza. Se sentó en la silla al otro lado de la mesa y dijo:

—Vale, ahora díganme la verdad. Ya estoy harto de vuestras mentiras. Quiero saber exactamente lo que pasó aquella noche cuando murió Rafael Castillo. Sé que tú no lo hiciste, Sofia, pero no sé por qué dijiste que la culpa era tuya.

—Lo hice todo para proteger a mi hijo. Este hombre mató a mi marido y me obligó a decir lo que quisiera. Me amenazó con que, si decía la verdad, él mataría a mi hijo —respondió Sofia y señaló con el dedo a Mendoza, que estaba sentando a su lado. Las lágrimas llenaban sus ojos y su voz se quebró, estaba temblando.

—¡Pero qué dices, estúpida! Cállate ahora o te arrepentirás de esto —gritó Mendoza y dio un puñetazo en la mesa.

—Cálmate, hombre. No tiene sentido seguir fingiendo. Tenías un motivo para asesinar a Rafael, querías tomar el control de la empresa y tu socio te molestaba. Además, hemos encontrado en tu casa una serie de pruebas que dicen que eres culpable —respondió Rojas con calma.

—¡Finalmente pagarás por todo lo que hiciste a nuestra familia, espero que te pudras en la cárcel, monstruo! —gritó Sofia con voz entrecortada.

Mendoza se puso rojo en la cara y exclamó con furia:

—¡No me importa lo que pasó con tu familia! Tú marido destruyó mi vida, él siempre fue mejor, más rico, más respetado… ¿Y quién era yo? Era un don nadie, siempre a su sombra. No me arrepiento de nada, lo maté y lo haría de nuevo. No pienso decir nada más sin la presencia de un abogado.

Al oír esta declaración de culpabilidad Rojas se levantó y replicó:

—Carlos Mendoza, estás bajo arresta por el as*****to de Rafael Castillo.





Epílogo



Cuando el interrogatorio terminó Inspector Rojas suspiró con alivio. Al principio tenía miedo de que este caso no acabara tan pronto. Pensaba que la mafia valenciana podía estar involucrada en el as*****to y que todo duraría por lo menos un año, pero logró encontrar el culpable en un santiamén. Resultó que el caso fue muy simple y todo se explicó. Sofia Castillo recuperó a su hijo y ambos volvieron a casa y Carlos Mendoza acabó en la cárcel.

Rojas cogió todas sus cosas y empezó a hacer las maletas para finalmente volver a casa y pasar un poco de tiempo alejado del trabajo. Puso sus maletas en el maletero y se metió en el coche. Encendió el motor cuando de repente divisó en el retrovisor un policía joven corriendo hacia él, gritando algo. Pensó que se había olvidado de alguna de sus cosas entonces se bajó del coche para hablar con el policía. La cara de su compañero expresaba miedo y terror.

—Inspector, espere por favor. Parece que tenemos un problema. Carlos Mendoza ha sido asesinado, lo encontramos mu**to en su celda hace un rato —explicó el joven.

Rojas no podía creer lo que estaba sucediendo. Era ingenuo pensando que el caso fue tan simple. Siguió el policía joven hasta la celda de Mendoza y llegó a entrar. El cuerpo de Mendoza estaba en el suelo, alguien le disparó en la cabeza, pero ¿cómo lo era posible? El inspector empezó a investigar la escena del crimen, pero el asesino no dejó ningunas evidencias. La única cosa que encontraron en la celda excepto el cuerpo era un pequeño trozo de papel con cuatro palabras escritas a mano “Esto no ha acabado”.

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