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14/07/2026
12/07/2026

El diario secreto del hombre que estudió a los "salvajes"

El antropólogo más famoso del siglo XX odiaba a los nativos, temía por su salud y pasaba las noches deseando huir. Sus escritos personales cuentan una historia muy distinta a la que él mismo publicó.

Por Redacción Nota Antropológica

Bronislaw Malinowski llevaba dos semanas en la isla cuando empezó a escribir frases que nunca pensó que alguien leería.

"Mis sentimientos para con los nativos tienden decididamente a Exterminate the brutes", anotó en su cuaderno en enero de 1915.

Exterminar a los brutos.

Esa misma tarde, mientras las mujeres de la aldea de Mailu cocinaban pescado y los niños correteaban entre las chozas, el joven polaco que había viajado hasta el fin del mundo para estudiar la vida de los "salvajes" se sentaba a solas y confesaba su agotamiento. Su cabeza le dolía. Su corazón latía con fuerza. La fiebre no lo abandonaba. Y lo que más deseaba era alejarse de aquellos cuerpos desnudos que tanto lo fascinaban y tanto lo repudiaban.

¿Cómo se estudia a un grupo humano cuando no se soporta estar cerca de él?

Esa fue la pregunta que Malinowski intentó responder durante los diecinueve meses que pasó en Melanesia, entre 1914 y 1918. Pero la respuesta no estaba en sus libros famosos. Estaba en un diario escrito en polaco, oculto durante décadas y que su viuda publicó en 1967.

Allí no hay teorías impecables ni observaciones neutrales. Hay un hombre que se levanta cada mañana con fiebre, que se inyecta arsénico para tener fuerzas, que llora de añoranza por una mujer a la que dejó en Melbourne y que, al mismo tiempo, no puede dejar de mirar los cuerpos de las muchachas que lo rodean.

"Fui hasta el poblado", escribe en una entrada de 1918. "Una hermosa muchacha, bellamente formada, iba delante de mí. Observé los músculos de su espalda, su tipo, sus piernas, y la belleza del cuerpo que tanto se nos oculta a los blancos me fascinó". Y luego, acto seguido: "En ocasiones siento pena de no ser un salvaje para poseer muchachas como ésta".

Pero esa fascinación no duraba. Minutos después, la angustia regresaba. En otra anotación, confiesa: "la manoseé, y tuve sentimientos de culpa". Su mente se dividía entre el deseo y la repulsión, entre la atracción por aquella vida y el anhelo de regresar a Londres, a la biblioteca, a las calles adoquinadas, a la mujer de piel blanca que lo esperaba.

Malinowski llegó a Nueva Guinea como un joven académico de treinta años, recién formado en la London School of Economics. Había leído a Frazer, a Rivers, a Spencer. Sabía que su trabajo cambiaría la antropología. Pero no sabía que el campo de batalla no estaría afuera, entre los nativos, sino adentro, en su propia cabeza.

"Mi principal dificultad etnográfica", escribe en diciembre de 1917, "radica en superar esto". Se refiere a su aversión. A esa voz interna que le dice que quiere largarse, que no soporta el hedor de las chozas, que el calor lo aplasta y que los informantes le mienten.

Porque los informantes le mentían. Una y otra vez. "Tengo la sensación de que están contándome mentiras", anota en las Amphlett, un grupo de islas al este de Nueva Guinea. "Ésto me humilló".

Aun así, seguía preguntando. Seguía anotando. Seguía sentado durante horas bajo el sol, con la piel sudorosa y los ojos cansados, mientras los ancianos recitaban mitos que él apenas entendía. Su método, que luego se volvería famoso como "observación participante", no nació de un ideal de empatía. Nació de una disciplina férrea impuesta a una mente que quería rendirse.

"La finalidad de llevar un diario y tratar de controlar la propia vida y los propios pensamientos en cada momento debe ser la de consolidar la vida, integrar el propio pensamiento, evitar la fragmentación", escribe en enero de 1918.

Ese era su verdadero proyecto. No solo estudiar la cultura trobriandesa. También, y quizás sobre todo, estudiarse a sí mismo. Domar sus impulsos. Ordenar su caos. Convertir su mente dispersa en un instrumento confiable.

Pero el instrumento se quebraba. En el diario, Malinowski se castiga constantemente por leer novelas baratas, por perder el tiempo, por no ser más fuerte. "He decidido de manera absoluta evitar todo pensamiento lujurioso", escribe un día. Al siguiente, confiesa que ha pensado en una camarera, en una mujer casada, en una enfermera que conoció en Samarai.

"No lamento mis pecados del pasado", se dice a sí mismo. "Querría haber cometido más".

La guerra europea, mientras tanto, seguía su curso. Malinowski era técnicamente un súbdito austriaco, lo que lo convertía en enemigo de la Corona británica. Pero los funcionarios coloniales le permitieron quedarse. Él, desde su tienda de campaña en Kiriwina, leía las noticias con angustia. Pensaba en su madre, que había mu**to en Polonia mientras él estaba en el Pacífico.

El 26 de junio de 1918, después de recibir la noticia, escribe: "El mundo ha perdido color. Todos los tiernos sentimientos de mi infancia regresan ahora. Siento como cuando dejaba a mi madre por unos pocos días". Y, más adelante: "Mi vida está transida de dolor, la mitad de mi felicidad destruida".

Pero al día siguiente se levantó, salió a caminar, y siguió tomando notas.

Esa es la paradoja que recorre todo el diario. Malinowski no quería estar allí. Despreciaba a los nativos, los llamaba "ni***rs", los acusaba de robarle y de mentirle. Se sentía solo, enfermo, atrapado. Soñaba con Melbourne, con su prometida Elsie, con el olor del pan recién horneado y con calles iluminadas por gas.

Pero, ese hombre que todo lo rechazaba produjo la etnografía más detallada y respetada del siglo XX. Sus libros sobre los trobriandeses, especialmente Argonautas del Pacífico Occidental, fundaron la antropología moderna. Nadie antes había descrito con tanta precisión el intercambio ceremonial del kula, las reglas del parentesco, la magia de los huertos.

¿Cómo pudo hacerlo?

En una anotación de 1918, escribe: "La captación de la vida trobriandesa que al parecer Malinowski fue incapaz de conseguir mediante contacto humano, la consiguió mediante su industria". Esa frase, que parece un autorreproche, encierra la clave. No fue la simpatía lo que le permitió comprender a los nativos. Fue la disciplina. La obsesión por registrar, preguntar, verificar, anotar, volver a preguntar.

"Aislado, alienado incluso de sus sujetos, luchó por entenderlos por medio de la observación paciente", escribió años después el antropólogo Clifford Geertz al leer el diario.

Esa lucha es lo que hace que el texto sea inquietante, porque no hay redención al final. Malinowski no termina el diario reconciliado con los nativos, ni consigo mismo.

La última entrada, fechada en julio de 1918, está atravesada por el dolor por la muerte de su madre. "Sé que tengo un negro abismo, un vacío, en mi alma", escribe. "La pena es intensa y honda".

Y aun así, sigue trabajando. Porque el trabajo, como escribe en otra parte, es lo único que lo salva: "El trabajo científico y los planes para el futuro son las únicas cosas que me confortan".

El diario de Malinowski si bien no es un manual de etnografía, sí lo podemos considerar el registro de un hombre que pasó diecinueve meses deseando irse y, sin embargo, se quedó. Que escribió frases que jamás pensó que se iban a publicar. Que odió a los que estudiaba y, precisamente por eso, los estudió mejor que nadie.

¿Qué te dice esto sobre la forma en que intentas comprender a los demás? ¿Es posible entender a alguien sin quererlo? ¿O acaso el esfuerzo por comprender, cuando es sincero, puede sostenerse sobre cualquier base, incluso sobre el rechazo?

Malinowski pasó su vida convencido de que había hecho un trabajo ejemplar. Quizás no estaba equivocado, pero el diario sugiere que el ejemplo no está en la armonía con el sujeto de estudio, sino en la tenacidad para seguir observando cuando todo invita a cerrar los ojos.

¿Qué crees que habría pasado si Malinowski se hubiera rendido el día que escribió "Exterminate the brutes"? ¿Qué habría perdido la antropología? ¿Y qué habría ganado él?

Fuente: Malinowski, B. (1989). Diario de campo en Melanesia. Ediciones Júcar.

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