Editorial El Ayo

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27/05/2026

La ley revela al hombre sus pecados, pero no dispone ningún remedio. Mientras promete vida al que obedece, declara que la muerte es lo que le toca al transgresor. Solo el evangelio de Cristo puede librarle de la condenación o de la mancha del pecado. Debe arrepentirse ante Dios cuya ley transgredió, y tener fe en Cristo y en su sacrificio expiatorio. Así obtiene «remisión de los pecados cometidos anteriormente», y se hace partícipe de la naturaleza divina. Es un hijo de Dios, pues ha recibido el espíritu de adopción, por el cual exclama: «¡Abba, Padre!»
¿Está entonces libre para violar la ley de Dios? El apóstol Pablo dice: «¿Abrogamos pues la ley por medio de la fe? ¡No por cierto! antes bien, hacemos estable la ley». «Nosotros que morimos al pecado, ¿cómo podremos vivir ya en él?» Y San Juan dice también: «Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos». Romanos 3:31; 6:2; 1 Juan 5:3 (VM). En el nuevo nacimiento la mente viene a quedar en armonía con Dios, al estarlo con su ley. Cuando se ha efectuado este gran cambio en el pecador, entonces ha pasado de la muerte a la vida, del pecado a la santidad, de la transgresión y rebelión a la obediencia y a la lealtad. Terminó su antigua vida de separación con Dios; y comenzó la nueva vida de reconciliación, fe y amor. Entonces «la justicia que requiere la ley» se cumplirá «en nosotros, los que no andamos según la carne, sino según el espíritu». Romanos 8:4 (VM). Y el lenguaje del alma será «¡Cuánto amo yo tu ley! todo el día es ella mi meditación». Salmo 119:97.
«La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma». Salmo 19:7 (VM). Sin la ley, los hombres no pueden formarse un justo concepto de la pureza y santidad de Dios ni de su propia culpabilidad e impureza. No tienen verdadera convicción del pecado, y no sienten necesidad de arrepentirse. Como no ven su condición perdida como violadores de la ley de Dios, no se dan cuenta tampoco de la necesidad que tienen de la sangre expiatoria de Cristo. Aceptan la esperanza de salvación sin que se realice un cambio radical en su mente ni reforma en su vida. Así abundan las conversiones superficiales, y multitudes se unen a la iglesia sin haberse unido jamás con Cristo (El conflicto de los siglos, pp. 461, 462).
Muchos de los que pretenden creer y enseñar el evangelio caen en un error similar. Ponen a un lado las escrituras del Antiguo Testamento, de las cuales Cristo declaró: «Ellas son las que dan testimonio de mí». Juan 5:39. Al rechazar el Antiguo Testamento, prácticamente rechazan el Nuevo; pues ambos son partes de un todo inseparable. Ningún hombre puede presentar correctamente la ley de Dios sin el evangelio, ni el evangelio sin la ley. La ley es el evangelio sintetizado, y el evangelio es la ley desarrollada. La ley es la raíz, el evangelio su fragante flor y fruto (Palabras de vida del gran Maestro, p. 99).

27/04/2026

Nada está calculado para fortalecer el intelecto como el estudio de la Biblia. Ningún otro libro tiene tanto poder para elevar los pensamientos, para vigorizar las facultades, como las amplias y ennoblecedoras verdades de la Biblia. Si se estudiara la Palabra de Dios como se debe, los seres humanos poseerían una amplitud de mente y una nobleza de carácter que rara vez se ven en estos tiempos.
No hay conocimiento tan firme, tan consistente, de tan largo alcance, como el que se obtiene del estudio de la Palabra de Dios. Si no existiera otro libro en todo el mundo, la Palabra de Dios, vivida mediante la gracia de Cristo, haría perfecto al hombre en esta tierra, dotándolo de un carácter apto para la vida futura e inmortal. Los que estudian la Palabra de Dios, tomándola por fe como la verdad, y recibiéndola en el carácter, serán completos en aquel que es todo en todo. Gracias a Dios por las posibilidades que se han colocado ante la humanidad… El tiempo que se dedique al estudio de la Palabra de Dios y a la oración producirá una cosecha del ciento por uno.
La Palabra de Dios es la semilla viviente, y a medida que se la siembre en la mente, el agente humano deberá cuidar diligentemente las etapas sucesivas de su desarrollo. ¿Cómo debe ser hecho esto? Después que se ha recibido la Palabra con oración, se la debe apreciar y cultivar en la vida diaria. Necesita crecer y producir fruto, siendo primero hierba, luego espiga, y después grano lleno en la espiga.
No basta estudiar la Biblia como se haría con cualquier otro libro. Para que se la pueda comprender salvadoramente, el Espíritu Santo necesita descender sobre la mente del creyente. El mismo Espíritu que inspiró la Palabra debe inspirar al lector de la Palabra. Entonces se escuchará la voz del cielo. “Tu Palabra, oh Dios, es la verdad”, será el lenguaje del alma.
La mera lectura de la Palabra no producirá los resultados previstos por el cielo; debe ser estudiada y alimentada en la mente. El conocimiento de Dios no se obtiene sin un esfuerzo mental. Debemos estudiar la Biblia con diligencia, pidiéndole a Dios la ayuda de su Santo Espíritu, para que seamos capaces de comprenderla. Deberíamos tomar un versículo y concentrar la mente en la tarea de descubrir cuál es el pensamiento que Dios ha colocado para en dicho versículo. Debemos meditar en ese pensamiento hasta que llegue a ser nuestro, y sepamos “lo que dice el Señor” …
La Palabra de Dios es el pan de vida. Los que la coman y la digieran, transformándola en una parte de cada acción y de cada atributo del carácter, crecerán vigorosos en la fortaleza de Dios. Ella le concede un vigor inmortal al alma, perfecciona la experiencia y produce un regocijo que permanecerá para siempre (Exaltad a Jesús, 7 de abril, p. 105).

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