Culpable o No Culpable
09/06/2025
A las 7:34 AM, en la línea amarilla del metro, yo empujé a alguien. No con odio. No con fuerza. Solo... lo suficiente.
Se llamaba Tomás. Lo sé porque lo anunciaron por los altavoces dos horas después: “Lamentamos informar el fallecimiento de Tomás V. en la estación Catedral. El servicio será reanudado en breve.” Fue rápido. Un resbalón. Un mal cálculo. O eso dijeron.
Éramos parte del mismo grupo de oración. Nos sentábamos juntos los jueves en el cuarto del fondo de la parroquia San Ignacio. Él leía los salmos con una voz aguda que me daba escalofríos. Siempre hablaba de redención. De salvación. De castidad.
Y sin embargo, cada vez que pasaba junto a mí, me tocaba la espalda baja. O me respiraba cerca. O se me quedaba mirando los labios mientras orábamos.
Una vez me dijo, en secreto: “Dios te dio ese cuerpo para que lo cuidaras, pero también para que lo compartas con los que saben guiarte.”
Tenía 15 años cuando lo dijo.
Lo denuncié. El padre Rubén me pidió que rezara por su alma. Que el diablo tienta de muchas formas. Que yo debía ser fuerte. Me cambiaron de grupo. Y Tomás siguió en el suyo.
Hoy tengo 23. Lo vi en el andén. Me miró como si nada. Como si los ocho años que pasé en silencio no importaran. Como si yo aún fuera ese niño que no entendía por qué Jesús nunca respondía cuando más lo necesitaba.
La estación estaba llena. Un movimiento mínimo. Nadie lo vio. Solo yo.
Después lloré. No por él. Por mí. Porque por fin sentí algo parecido a paz. Y eso, según mi abuela, solo viene de Dios.
¿Culpable o no culpable?
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