Prom 96
Memorias de plata
LA SEMILLA
Por Frank Muñoz
Al igual que todos y cada uno, tenemos diversas experiencias (feas, tristes, alegres). Me permito escribir acerca de una en particular: recuerdo uno de los viajes que realizamos con la selección de básquet, en la que de forma sorpresiva tuve que tomar una decisión en base a lo que creí correcto en un momento que nos encontramos visitando un lugar llamado el cerrito de Pacasmayo, en donde decidí al igual que muchos de mis queridos compañeros, sólo observar y no entrar a probar y experimentar de forma prematura los servicios (que los entendidos en la materia se imaginarán). Se me viene a la mente la imagen cuando a un osado compañero que su nombre empieza con P…, quien se salvó de un correazo (de una proveedora de servicios # # #), así como las bromas que le gastaron a mi querido amigo CHE.. a quien le decían que había dejado su semilla en dicho lugar...
No quiero entrar en detalles de mis promos, ya que podría ser material para una interminable narración de varias hojas.
Sin embargo, resumo que viven en mi memoria la música que nos acompañaba en aquella época (Guns & Roses, Nirvana, Metálica, Tekno, etc.); así como recuerdos en los que compartíamos experiencias en el aula, patio, estadio, pampas de argentina, plaza de armas (desfiles) y coliseo, en donde se sentía el aliento de la hermandad champagnina, formados para afrontar adversidades. Estoy orgulloso de que los compañeros de diversas promociones demostremos ser ciudadanos útiles a nuestra sociedad.
Memorias de plata
LOS GALLINAZOS
Por Clever Martin Arroyo Gallardo
Todos tenemos en mente la forma de educación estricta en aquellos tiempos que impartían los maestros y maestras (bueno salvo alguna excepción). Tomo el nombre del profesor Jorge Soriano, que al escuchar su nombre por el pasadizo (Jango), metía palo a diestra y siniestra con la persona que decía su chaplín.
Como no recordar el momento en el que pedía pañuelo o peinilla (elementos importantes e imprescindibles en el bolsillo del estudiante champagnino), caballeros si tenías papel higiénico en vez de pañuelo; pobre la palma de tu mano…PLOP, PLOP, PLOP…A ver si regresabas por tu vuelto…
La anécdota inicia cuando el profe Jango había pedido como material de arte para la próxima clase un metro de alambre de construcción (aprox)., claro está, como todo estudiante confiado uufff, todavía falta una larga semana para poderlo conseguir, días van, días vienen y llegó el día de la clase… y por ahí el que siempre cumple… te suelta a la hora de entrada la frase que te congela hasta el alma…”¿Trajiste el material que pidió el Jango?”; recuerdo que dijo que el que no traía materiales le aplicaría los palmetazos… (Añañauuu como dicen en mi tierra), para los que ya están en modo pituco, eso quiere decir…que rico golpe…
En eso ¿quién nos salva?; y recuerdo que en la parte de abajo del cole había la unidad de ciencias que daba hacia la puerta de Progreso (ahora jardín Aplicación)…Y habían dejado unas columnas a medio terminar y todos los que no habíamos llevado el alambre de construcción como locos saliendo a sacar uno de esos alambres (Nos convertimos de “pollos” en “gallinazos” tras nuestra presa), claro que era muy difícil sacar por lo menos uno; y cuando ya alguien estaba a punto de sacar el fierro, se iba a buscar una piedra para ayudarse un poco; y al regresar… ya otro con...mpañero ya se lo había llevado el material….jejejeje, como dice el dicho “nadie sabe para quién trabaja”; insultos van y vienen y en el camino se detienen….Todo para hacer con el alambre la nota “SOL” o “LA”….(que tal conciencia)…para colmo creo que el profe se olvidó de pedir el material o se hizo tarde…chesu…ya será para la otra…
Memorias de plata
MI AMIGO ELIAS
Por Fernando Nuñez
El destino de cada hombre ha sido trazado por cosas que ocurren antes de que alguien pueda hacer algo para remediarlas. Para mí y mis vecinos de la urbanización Ramón Castilla, ese sello o marca lo constituía el pasaje Celendín, amplia y aireada vía que al día de hoy, junto a su carácter de vía principal, sigue siendo el punto de referencia casual y elegible de todos o al menos de la gran mayoría de vecinos. No puedo abarcar con la imaginación la cantidad de eventos que han tenido lugar a lo largo de esa cinta de pavimento, en sus cuarenta años de historia: citas, palomilladas, encuentros, algún altercado que canjeamos con un pedido de disculpa, en tanto nadie puede elegir a los vecinos pero si construir el mundo en donde estar bien, al lado de ellos.
La suerte de los que habitamos ese lugar fue, naturalmente, influenciada por el pasaje Celendín, especialmente si estudiabas en la Escuela Aplicación y te encontrabas en la transición de ingresar a secundaria. A ambos lados de su recorrido estaban nuestros amigos, vecinos y compañeros y, por supuesto, a un costado la plataforma deportiva y el terral que, durante los años de nuestra niñez y adolescencia, se metía como una cuña a la mitad de toda la urbanización. En lugar del estacionamiento y del parque que hoy la ocupan, era un área dedicada al juego y la celebración, sobre todo carnavalesca, y a los camotitos en los que recalábamos mañana y tarde, a la salida del colegio. De ahí que se pudiese decir de mis vecinos y compañeros que ese paisaje era propicio para que seas un chico alegre o deportista pero nunca vicioso. Que esto último lo aprendimos muy tarde, prácticamente al terminar el colegio, puede dar fe cada uno de mis condiscípulos.
Algunos meses antes de dar inicio de mis estudios secundarios, conocí a un vecino como de mi edad, pequeño y fortachón, no con la redondez de aquellos a los que le sobran lonjas en el cuerpo, sino de los que han sido moldeados prematuramente por el trabajo y, hasta podría decir, el rigor de la vida. Su cabeza, imitaba a la perfección la forma de un platillo chino, donde sus ojos miraban con vivacidad y una, muy bien, disimulada inteligencia. Venía a nuestra casa, junto a su padre, quien en su condición de albañil estaba levantando un murito para el jardín exterior de mi madre. Recuerdo bien haberme quedado esa tarde, hasta que se apagó su crepúsculo, al lado de ese niño dicharachero, mientras preparábamos los ladrillos y la mezcla de cemento antes de alcanzarla al maestro.
Tres meses más tarde, luego de pasar por la experiencia de oír en el megáfono del plantel nuestros nombres, al ser distribuidos en una de las cuatro aulas de primero de secundaria, para nuestro alivio el rostro de Elías Terán Huaccha vino a sumarse junto a la de cuantos vivíamos dentro de la urbanización, fortaleciendo nuestra amistad y haciendo más llevadero el impacto de dejar atrás el aula unidocente por unos nuevos métodos de enseñanza y la pléyade de profesores que enseñaban en la media.
Pese a los años, hay dos cosas características entre los estudiantes de un colegio de hombres, que dan la justa medida de lo que uno es: el fútbol y los puños. No dudo que tus buenas notas y tu elegancia para salir del desafío lanzado por un compañero, siempre serán ponderadas, pero si nadie nunca ha visto como peloteas o como respondes a una ofensa, corres el riesgo de vivir bajo la sospecha de los demás de que no seas como ellos, de forma completa y cabal. Eso no es lo mismo a decir que si haces caso a la expectativa que se ha formado el grupo, automáticamente te van a llevar de las orejas a donde sus líderes quieran, pues entre una cosa y la otra hay una gran diferencia. Pues mientras en último caso puede hablarse de pandillaje, lo cierto es que los desafíos de fuerza que, a menudo se resuelven con más ingenio que otra cosa, ayudan a que de forma natural se desarrollen en los alumnos una independencia de criterio, en la medida que fuésemos conscientes de no desconocer los grados estructurados alrededor de los escalafones principales que he referido. ¿Qué lugar ocupaba yo dentro de ellos? Personalmente, me sentiría satisfecho con que el resto coincida en mi percepción de ser un jugador correlón y que sabía usar la diplomacia cada vez que recibía una amenaza.
Su juego de habilidad y sorpresa de cara al gol, asentada en una talla ideal para el regate y el robo del balón, hicieron de Elías un jugador prácticamente irrastreable para el adversario y hasta el radar enemigo. Por eso mismo, era casi imposible que alguien lo hubiese mirado por encima del hombro. Con eso no quiero decir que él no se prestase a contestar a los que, haciendo mal en subestimarlo, se dirigían a él creyendo que iban a doblegarlo fácilmente. Una paz, no era ni mucho menos. Pues, sabía cuándo hacerles frente repitiendo, en tono de arremedo, la misma puya que acababa de recibir o, aprovechando el tumulto, esperaba el momento que pasase la crítica colectiva, siendo el que coloque la cerecita en el pastel, mientras tenía el grupo de su lado, confiado en no recibir represalias:
- Tu eres una madre cuando defiendes, ni pareces que tuvieras ganas de jugar en el equipo- podíamos repetir en coro a quien se había desempeñado de manera displicente o irresponsable.
Para no ser menos, Elias metía su cuchara:
- Sí, compañero, debes escuchar, eres un adefesio que no sabe matarse por el equipo.
Como todos, él sabía que hacer sentir su voz en la multitud es importante en el colegio y en la vida.
Ahora que pienso en eso, me alegra que en el clima de camaradería y los lazos de amistad que hicimos, lo hubiesen hecho sentir apreciado y una parte irremplazable dentro del grupo.
Todos sabemos que su vida fue segada en el momento que la flor de su edad empezaba, con las justas, a mostrarse en el mundo. Pero todos los que lo conocimos y tratamos sabíamos, a pesar de no tenerlo claro en esos años, que su alma era capaz de sobrevolar los dolores y dificultades con que la enfermedad le probó, una y otra vez, durante esos fatídicos dos años finales, hasta que convencido de su valor la Vida puso en su cabeza, y antes que a cualquiera de nosotros, su celeste palma. Es el premio inmortal que acredita a los seres que hoy gozan de la presencia del Señor.
06/06/2021
¡Feliz LX Aniversario!
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