Koinonía Informa

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31/05/2026

Mayo 31, 2026, Domingo
Solemnidad de la Santísima Trinidad
Leer: Ex 34, 4b-6, 8-9 2 Cor 13, 11-13 Jn 3, 16-18 LH Prop

“Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él” (Jn 3,17).

Si Dios no se hubiera comunicado con nosotros para darnos a conocer quién es Él, nuestra religión no sería más que una mera invención humana y, al igual que muchas otras religiones, habría surgido solo para desaparecer más tarde. Basta con echar un breve vistazo a la historia para darse cuenta de esa realidad.
La mayor comunicación que Dios ha tenido con nosotros ha sido a través de Cristo. Muchos fragmentos de revelación del pasado fueron aclarados y definidos para que pudiéramos comprenderlos.
Una revelación maravillosa que Cristo nos dio fue la de la naturaleza misma de Dios: la Santísima Trinidad.
Entendemos la Trinidad como una relación íntima y profunda dentro de la naturaleza o esencia misma de Dios.
Cristo es el enviado por el Padre, quien ha existido simultáneamente con el Hijo desde siempre. El Hijo es engendrado eternamente por el Padre, así como un ser vivo proviene de sus padres, lo que lo hace participar integralmente de la naturaleza del Padre.
Sabemos que el Padre y el Hijo, juntos, emiten al Espíritu Santo, quien procede de ellos y, por lo tanto, participa de esa misma naturaleza divina.
Hoy nos regocijamos de que Dios nos haya honrado tanto al darnos una relación de amor y una interacción tan profundas dentro de su propia naturaleza: la SANTÍSIMA TRINIDAD.

Reflexión y Comentario
Salmo 92,6: “¡Qué grandes son tus obras, Señor, qué profundos tus designios! El hombre insensato no conoce y el necio no entiende estas cosas”.
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30/05/2026

Mayo 30, 2026, Sábado
Leer: Judas 17, 20b-25 Mc 11, 27-33

“Les voy a hacer una pregunta. Si me la contestan yo les diré con qué autoridad hago todo esto. El bautismo de Juan, ¿era cosa de Dios o de los hombres?” (Mc 11,29-30).

En Jerusalén vivían las personas influyentes de su época: los sacerdotes, los ancianos y los maestros de la ley. Esta clase social se sentía amenazada por Jesús. Se sentían débiles ante Su poder y la sabiduría, y le mostraban una verdadera hostilidad.
«Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo» (Mc 11, 18). Sin embargo, ¡el mismo Jesús no intentó precisamente "suavizar las cosas"!
Muchas de Sus enseñanzas ponían en tela de juicio las enseñanzas de la clase dominante y les llamaban la atención por su actitud presuntuosa hacia Dios mismo.
Cuando dudaron de su autoridad para actuar como lo hizo en el Templo, Jesús les echó en cara su propia hipocresía y su ignorancia respecto al llamado de Juan el Bautista al arrepentimiento y la conversión. «Ellos se pusieron a razonar entre sí: “Si le decimos que de Dios, nos dirá: ‘Entonces ¿por qué no le creyeron?’, y ¿si le decimos que de los hombres…?”» (31-32).
Es fácil pensar que nuestras opiniones y caprichos son más importantes que las enseñanzas de Dios y su santa voluntad, pues el Juicio Final parece estar muy lejos.
No podemos caer en la trampa de nuestra propia inteligencia, nuestra propia negación, nuestro propio deseo de racionalizar nuestros pecados, pues tal pensamiento rechaza al verdadero Jesús. Es fácil caer en ello: ¡su origen es el orgullo!

Reflexión y Comentario
Salmo 37,40: “La salvación de los justos viene del Señor, los salva porque confiaron en él”.
diakonialogos.com

28/05/2026

Mayo 28, 2026, Jueves
Leer: 1 Pe 2, 2-5. 9-12 Mc 10, 46-52

“‘¡Ánimo! Levántate, porque él te llama’. El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Entonces le dijo Jesús: ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ El ciego le contestó: ‘Maestro, que pueda ver’. Jesús le dijo: ‘Vete; tu fe te ha salvado’” (Mc 10,49-52).

Sin duda, la ceguera es una de las limitaciones más difíciles de sobrellevar. Es un millón de veces más difícil si la persona ha perdido la facultad de la vista.
Pero la ceguera espiritual es mucho más lamentable, porque es la incapacidad de ver espiritualmente. Es una enfermedad mucho más común que la ceguera física, y sin embargo nos preocupa mucho menos.
«El Espíritu del Señor está sobre mí... Él me envió a dar la vista a los ciegos» (Lc 4, 18).
Jesús vino a traer luz al espíritu, lo cual es mucho más importante que la luz para los ojos. «En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4).
La luz del Espíritu es la verdad. No hay peor oscuridad que la del error y la ignorancia. Jesús dijo: «Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas» (Jn 12, 46).
Pidamos una cura milagrosa al Médico de la Vida y la Luz del mundo que nos devuelva la vista, sane la ceguera de nuestro intelecto e ilumine nuestros corazones con sabiduría divina. Debemos caminar con confianza en el resplandor de Su Presencia como personas sanadas.

Reflexión y Comentario
Salmo 37,5: “Encomienda tu suerte al Señor, confía en él, y él hará su obra; hará brillar tu justicia como el sol y tu derecho, como la luz del mediodía”.
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