Rafael Rangel Sostmann

Rafael Rangel Sostmann

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28/02/2025

Estimados jóvenes y no tan jóvenes,
A menudo me preguntan sobre la importancia del talento en distintas actividades. Es una inquietud natural, ya que desde pequeños nos enseñan a admirar a quienes parecen tener habilidades innatas para la escuela, el deporte o la socialización.

Recuerdo que, a lo largo de mi trayectoria académica, desde la primaria hasta el posgrado, tuve compañeros que, con aparente facilidad, obtenían excelentes calificaciones sin necesidad de estudiar demasiado. Mientras tanto, yo pasaba horas memorizando nombres, fórmulas y hechos históricos con gran esfuerzo. Pronto comprendí que en la escuela había dos caminos para salir adelante: ser naturalmente inteligente o convertirte en un verdadero luchador. Sin dudarlo, me clasifiqué en el segundo grupo.

Con el tiempo, noté algo interesante: algunos de los estudiantes más brillantes en primaria y secundaria comenzaron a quedarse atrás cuando los retos se hicieron más exigentes. No estaban acostumbrados a esforzarse y, cuando las cosas se complicaban, simplemente se daban por vencidos. Por otro lado, en la universidad, vi cómo la inteligencia y el talento destacaban aún más en ciertos compañeros, pero también cómo otras habilidades, como el liderazgo, la capacidad de socializar o la disciplina deportiva, marcaban la diferencia en el desarrollo personal y profesional de cada uno.

Años después, al encontrarme con algunos de ellos, descubrí que no todos los que habían sido considerados talentosos en su juventud habían alcanzado el éxito, mientras que otros, sin un talento académico evidente, habían logrado cosas extraordinarias.

Hace unos años, una exalumna me dijo que, gracias a mi inteligencia, había llegado a ser rector. Mi primera reacción fue negarlo, pero la pregunta quedó rondando en mi mente: ¿qué me llevó realmente a alcanzar mis metas? No me consideraba particularmente inteligente ni talentoso, así que debía haber otra explicación.

Reflexionando, encontré varias razones: mi deseo de contribuir a los demás, mi pasión por construir sistemas que ayudaran a mejorar la educación en mi país y, quizás, un poco de suerte al estar en el lugar y momento adecuados. Pero había algo más.

Pensé en muchos compañeros que tampoco fueron estudiantes destacados, pero que con el tiempo lograron un éxito admirable, cada uno según sus propios valores y aspiraciones. También recordé a muchos jóvenes talentosos que no lograron lo que parecía estar destinado para ellos. Entonces, la respuesta se hizo evidente: la inteligencia y el talento no son suficientes. Hay dos ingredientes clave que hacen la diferencia: la pasión y la perseverancia.

Ahora bien, ustedes podrían preguntarse si estos dos elementos son útiles solo en la juventud y en la vida profesional, o si siguen siendo esenciales al retirarnos. Mi respuesta es un rotundo sí, y quizás sean aún más importantes en esa etapa.

Al retirarnos, necesitamos una pasión, una actividad que nos motive cada día a levantarnos con entusiasmo (ya sea enseñar, pintar, escribir, viajar, etc.). Y además, debemos mantener la disciplina y la perseverancia para cuidar nuestra salud, hacer ejercicio y alimentarnos bien, porque vivir muchos años solo tiene sentido si los vivimos con calidad, autonomía y plenitud.

La constancia y la tenacidad que me enseñó mi madre, sumadas a la exigencia de mi padre, me dieron una capacidad que, con el tiempo, descubrí que era más valiosa que la inteligencia, los contactos o incluso el liderazgo natural que algunos de mis compañeros poseían.

Mis estimados jóvenes y no tan jóvenes, Dios nos dio talentos en diferentes formas y magnitudes, pero siempre hay una manera de salir adelante si cultivamos la perseverancia y encontramos aquello que nos apasiona.

¡Ánimo! No se trata solo de lo que tenemos al nacer, sino de lo que hacemos con ello a lo largo de la vida.

14/01/2025

Estimados jóvenes y no tan jóvenes:
Nos encontramos al inicio del año, un momento en el que habitualmente hacemos propósitos para crecer y ser mejores personas. Esta costumbre está asociada con emociones y sentimientos de renovación y esperanza, características de los comienzos.

Sin embargo, también sabemos que, como cada año, durante las primeras semanas o meses, muchos de estos propósitos empiezan a desvanecerse. Un ejemplo común es el aumento de inscripciones y asistencia en los gimnasios durante enero, seguido por un descenso en marzo, cuando la asistencia regresa a niveles habituales.

Generalmente, bromeamos sobre nuestra falta de perseverancia, pero esta realidad nos invita a reflexionar: cumplir con los propósitos no solo es un logro en sí mismo, sino también una oportunidad para crear hábitos positivos que, a largo plazo, nos ayudarán a mantener nuestros objetivos y seguir creciendo. El enfoque, entonces, debería estar más en desarrollar buenos hábitos que en perseguir propósitos aislados.

Autores como James Clear (Atomic Habits) y Charles Duhigg (El poder de los hábitos) subrayan la importancia de definir metas claras y alcanzables. Por ejemplo, en lugar de proponernos algo vago como “mejorar mi salud”, podríamos establecer un objetivo más concreto: “Durante este año voy a crear el hábito de comer saludablemente, reduciendo el consumo de azúcares y grasas saturadas, y voy a caminar o trotar cinco días a la semana después de trabajar”. Este enfoque incluye un plan claro y un compromiso con la creación de hábitos.

Aquí algunos consejos clave para cumplir nuestras resoluciones y convertirlas en hábitos:

Metas alcanzables: Establece objetivos realistas. Si no has hecho ejercicio por mucho tiempo, no comiences intentando correr un maratón. Ve paso a paso; por ejemplo, empieza caminando 15 minutos al día.

Medir el progreso: Lo que se mide, se mejora. Registrar tus avances te motiva a seguir adelante y te permite ajustar el plan si es necesario.

Estructura del hábito: Cada hábito consta de tres pasos: un disparador, una acción y una recompensa. Por ejemplo, si quieres salir a correr, el disparador podría ser “al llegar a casa después del trabajo”; la acción sería “salir a correr”, y la recompensa, “sentir las endorfinas y la satisfacción de haberlo logrado”.

Persistencia consciente: Durante las primeras semanas, necesitarás ser deliberado en repetir la actividad hasta que se convierta en un hábito. Por ejemplo, si llegas cansado del trabajo, deberás resistir la tentación de sentarte frente al televisor y, en su lugar, elegir salir a correr.

Con el tiempo, lo que al principio requiere esfuerzo se convierte en algo automático. Después de unas semanas, incluso podrás disfrutarlo, y tu cuerpo te lo pedirá de manera natural. Habrás logrado tu propósito y creado un hábito positivo que mejorará tu calidad de vida.

Estimados jóvenes y no tan jóvenes: los invito a reflexionar sobre sus propósitos para este año y a enfocarse en la creación de hábitos que les permitan crecer y vivir cada día más plenamente.

Les mando un abrazo y los animo a desarrollar hábitos positivos.

12/08/2024

Estimados jóvenes y no tan jóvenes:
Durante estos días, he tenido la oportunidad de ver los eventos de las Olimpiadas de este verano en París. Al observar las reacciones de los atletas, reflexioné sobre sus logros. Muchos de ellos han dedicado gran parte de su vida a prepararse para estas competencias, sacrificando numerosas actividades para alcanzar sus objetivos. A menudo, vemos cómo, en cuestión de segundos, todo ese esfuerzo puede desmoronarse, pero también cómo logran sobreponerse y regresar en la siguiente olimpiada.

¿Cuál es la fórmula que siguen estos atletas? Primero, es necesario tener un talento natural que debe desarrollarse. Segundo, debe haber un gran amor por el deporte que practican. Tercero, es fundamental contar con técnica, educación y un entrenador o entrenadores que guíen, asesoren y motiven al atleta a seguir adelante.

Sin embargo, para que todo esto funcione, el atleta debe ser disciplinado y perseverante, dedicando el tiempo necesario para perfeccionar su talento. A través de este proceso, no solo mejora sus habilidades deportivas, sino que también desarrolla cualidades como la perseverancia, la voluntad y la disciplina. Sin estas, el talento por sí solo no destaca. Un elemento crucial es contar con un entrenador que aplique la técnica adecuada.

La fórmula para tener éxito en la vida es la misma que siguen los atletas sobresalientes. Identifica tus talentos y asegúrate de que desarrollarlos te apasione, te interese y tenga trascendencia. Encuentra a tus mentores o profesores, quienes te guiarán y asesorarán con la técnica y habilidades necesarias para lograr tus objetivos. Desarrolla tus habilidades de perseverancia, voluntad y disciplina. Si sigues estos pasos, alcanzarás las olimpiadas de la vida.

Quizás algunos de los jóvenes no tan jóvenes se pregunten: “¿Y para qué me sirve esta fórmula si ya soy un joven no tan joven?”. La respuesta es que esta fórmula es aún más poderosa para ustedes, ya que están en una etapa de la vida en la que tienen experiencia, conocen sus talentos y pueden seguir estudiando y desarrollándose gracias a la tecnología, que pone a su disposición todo el conocimiento necesario.

Así que, asegúrate de tener la voluntad, el amor por lo que deseas hacer y la madurez para ser lo suficientemente perseverante. Recuerda que no solo debe gustarte y apasionarte lo que deseas hacer; al igual que los atletas, es necesario adquirir la técnica y el conocimiento. Y, muy importante, contar con un mentor o maestro que te guíe.

Nunca es tarde para soñar y prepararte para llegar a las olimpiadas de la vida.

Te mando un abrazo.

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