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12/12/2025

Cuando Vera Rubin comenzó a estudiar cómo giraban las galaxias, no imaginaba que estaba a punto de revelar uno de los secretos más profundos del cosmos. En los años setenta, mientras analizaba la velocidad de rotación de estrellas en galaxias espirales, encontró algo que no encajaba con lo que la física predecía.

Según las leyes conocidas, las estrellas más lejanas del centro galáctico deberían moverse más despacio que las que están cerca del núcleo, del mismo modo que los planetas alejados del Sol orbitan con menor velocidad. Pero los datos mostraban lo contrario: las estrellas externas se movían tan rápido como las internas, como si algo invisible las estuviera sosteniendo.

Rubin examinó una galaxia tras otra, repitió cálculos, revisó instrumentos y comparó observaciones. El resultado siempre era el mismo. La única explicación coherente era que había mucha más masa de la que podíamos ver. Una masa que no emitía luz, no absorbía luz y no interactuaba con la radiación de la forma en que lo hace la materia ordinaria.

Aquello que no se veía… estaba ahí. Y dominaba el movimiento de las galaxias.

Ese componente invisible pasó a llamarse materia oscura, y los estudios de Rubin se convirtieron en una de las pruebas más sólidas de su existencia. Gracias a su trabajo, hoy sabemos que la materia que compone estrellas, planetas y todo lo que podemos observar directamente es solo una pequeña fracción del universo. La mayor parte está formada por algo que aún no podemos detectar de manera directa, pero cuyo efecto gravitacional es innegable.

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