Misa de hoy

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Una caro - Elogio della monogamia. Nota dottrinale sul valore del matrimonio come unione esclusiva e appartenenza reciproca (25 novembre 2025) 25/11/2025

Elogio del Amor Único: Una travesía hacia la lealtad del corazón

La ilusión de lo ilimitado y la soledad del fragmento

Imagina por un momento que nos sentamos a conversar con calma sobre el amor, pero no sobre ese amor fugaz que se consume como una bengala, sino sobre el que sostiene la arquitectura de la vida entera. Hoy queremos explorar juntos el misterio de ser "una sola carne", esa propuesta cristiana que a veces suena tan contracorriente en un mundo que nos invita a consumirlo todo sin detenernos en nada.

Si miramos con atención a nuestro alrededor, notaremos que vivimos inmersos en una cultura que a menudo aplica la lógica del supermercado a las personas. Nos sentimos tentados por el espejismo tecnológico de creer que somos criaturas ilimitadas, capaces de tenerlo todo al mismo tiempo y en todas partes. Nos susurran al oído que renunciar a otras opciones es perder vida, que elegir es morir un poco. De ahí surgen ideas como el "poliamor" o las relaciones líquidas, que nacen de la ilusión de que la libertad consiste en no cerrar ninguna puerta, en mantener siempre todas las opciones sobre la mesa por miedo a perdernos algo "mejor".

Sin embargo, el problema profundo de esta mentalidad es que nos fragmenta el alma. En este "zapping" afectivo corremos el riesgo de entregar solo pedazos de nosotros mismos a muchas personas, sin entregarnos nunca enteros a nadie. Repartimos el tiempo, el cuerpo y el afecto en dosis pequeñas, como quien da propinas, pero nunca entregamos el capital entero de nuestra vida. Y el resultado no es una mayor libertad, sino una soledad más ruidosa. Perdemos la capacidad de construir una historia común que perdure en el tiempo, esa historia donde alguien conoce no solo tu mejor perfil, sino tus cicatrices y tus miedos. Nos volvemos coleccionistas de experiencias, pero mendigos de sentido.

El espejo de Dios: Un amor que no admite rivales

Ante este panorama de dispersión, la Iglesia no viene a prohibirnos amar, sino a hacernos una promesa de plenitud radical. Nos invita a descubrir que la monogamia no es un invento cultural aburrido ni una imposición del pasado destinada a reprimirnos, sino el ícono mismo de cómo Dios nos ama. Piensen en esto con detenimiento: la fe bíblica nos revela que Dios es uno y que ama a su pueblo con un amor único, celoso y total. No es un amor genérico, es un amor personal. Así como la fe verdadera no admite tener "varios dioses" para cada ocasión, el amor conyugal verdadero no admite tener "varios amores". Es una cuestión de totalidad.

Los profetas y los místicos lo entendieron muy bien cuando, para hablar de Dios, usaron el lenguaje de los enamorados. El Cantar de los Cantares resume todo el anhelo humano en una frase vibrante: "mi amado es mío y yo soy suya". Observen que no hay espacio para un tercero, ni siquiera para una duda, porque la entrega es absoluta. Si dividimos nuestra entrega entre varias personas, en realidad no nos estamos entregando, sino que solo estamos "prestando" partes de nuestro tiempo y de nuestro cuerpo. La exclusividad es el recipiente necesario para que el amor no se evapore, es el cauce firme que permite al río llegar al mar con fuerza, en lugar de perderse en la tierra convertido en un pantano.

La dignidad infinita: Tú no eres un medio para mi placer

Esto nos lleva a recordar la dignidad inmensa que tiene cada uno de ustedes. Como nos enseñó con tanta claridad Karol Wojtyła, una persona es un fin en sí misma, un universo entero que nunca puede ser tratado como un objeto de uso o un medio para mi placer. La trampa sutil de la no exclusividad es que, cuando se tienen varias parejas, inevitablemente se empieza a utilizar a las personas para satisfacer necesidades específicas: busco a una para el s**o, a otra para la conversación intelectual, a otra para el estatus social. Eso fragmenta al otro y lo rebaja a la categoría de instrumento útil.

Por el contrario, solo la decisión de amarte solo a ti te confirma que, para mí, eres insustituible. La monogamia es la máxima declaración de valor que un ser humano puede hacerle a otro; es decirle: "tú vales tanto que llenas todo el horizonte de mi capacidad de amar". Nadie puede ser amado a medias sin ser, en el fondo, utilizado. La totalidad del don exige la singularidad del destinatario. Elegirte a ti y renunciar a todos los demás no es un sacrificio que me empobrece, sino la única manera de decirte que mi amor va en serio, que no eres una opción más en mi menú, sino el destino de mi viaje.

Pertenencia frente a posesión: El arte de ser libres juntos

Para vivir esto en la vida diaria, necesitamos distinguir con mucha claridad entre "pertenecer" y "poseer", dos palabras que parecen cercanas pero que son opuestas. La pertenencia es el ideal cristiano, es decir "soy tuyo porque quiero", porque libremente te entrego las llaves de mi jardín interior. Es un regalo que se renueva cada mañana y crea un "nosotros" sólido donde ambos se sienten seguros. Es saber que tienes un cómplice en la vida, alguien ante quien no necesitas usar máscaras.

En cambio, la posesión es tóxica, es decir "eres mío y por tanto te controlo, te aíslo y te anulo". Eso nace de la inseguridad y el egoísmo, y termina asfixiando la libertad y matando el amor. El amor verdadero cuida la libertad del otro como un tesoro sagrado. Entiende que el otro tiene un misterio personal que nunca podremos agotar del todo, y respeta ese espacio sagrado. La verdadera pertenencia mutua no borra las diferencias, sino que las armoniza.

Cuerpo, tiempo y transformación

Pensemos también en el matrimonio como la amistad más grande que existe, una amistad que abarca el cuerpo y el alma. En este contexto, la sexualidad deja de ser un mero desahogo biológico para convertirse en el lenguaje privilegiado de esta amistad exclusiva. La intimidad se hace más intensa y bella precisamente porque es nuestro secreto, nuestro idioma único que nadie más habla con nosotros. La exclusividad protege esa intimidad de ser banalizada y la convierte en un santuario. Y cuando el tiempo pasa y la pasión fogosa de la juventud se transforma, la exclusividad permite que el amor madure hacia una ternura profunda. Como decía el Papa Francisco, quizás ya no está el mismo deseo explosivo, pero queda el placer inmenso de saber que pertenecemos a alguien que nos conoce y nos acepta totalmente. Envejecer juntos es la prueba de fuego de que el amor ha vencido al tiempo.

Fecundidad y el Tercero que sostiene

Y no olvidemos que este amor es fecundo más allá de la biología. Incluso si no llegan los hijos o si el nido ya está vacío, el matrimonio no pierde su sentido. La unión de los dos, el simple hecho de ser "una sola carne", ya es un valor inmenso ante Dios. Su amor se vuelve fecundo cuando se convierte en hospitalidad, cuando esa unidad irradia algo que calienta a los amigos, a los sobrinos, a los pobres y a la comunidad. Un "nosotros" cerrado sobre sí mismo se asfixia, pero la verdadera unidad monógama siempre deja una puerta abierta para servir y acoger a quien tiene frío.

Pero no estamos solos en esta tarea que a veces parece titánica. En un matrimonio cristiano, en realidad hay tres personas: los esposos y Dios. Él es el "tercero" que hace posible lo imposible. Cuando nuestras fuerzas humanas flaquean, cuando la paciencia se agota, es Su fidelidad la que sostiene la nuestra.

Invitación al reencuentro

Para aterrizar todo esto, les invito a llevarse al corazón el desafío de recuperar el rostro del otro. En este mundo de pantallas, busquen tiempos de calidad para mirarse a los ojos como en el principio de la creación, redescubriendo a la persona que tienen enfrente, que es un don de Dios. Atrévanse a decirse conscientemente "soy tuyo" o "te elijo de nuevo" en los momentos de cansancio o rutina, porque verbalizar la elección renueva el pacto interior.

Que el Señor, que nos hizo para el encuentro y no para la soledad, nos ayude a descubrir en el rostro de nuestro esposo o esposa el reflejo de su propia fidelidad. Que nuestra unión sea exclusiva no por el peso de una obligación, sino por la inmensa alegría de pertenecernos enteramente y sin reservas, convirtiendo nuestro "nosotros" en un refugio seguro, una escuela de caridad y un camino directo hacia el Cielo.

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