ADEPA
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08/06/2026
La pagina de Sevillania nos trae la vida de este músico callejero, que con su pajarita y su violín llenaba de vida, otra forma de vida, las terrazas de los bares. Un simple aplauso hacía que el artista mejorara notablemente su armonía
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Sevilla bautizó a Sarasate. Hay apodos que los pone una ciudad entera y hay otros que nacen de una sola frase. De una ocurrencia feliz. De esas sentencias que en Sevilla se dicen una vez y ya quedan escritas para siempre en el libro invisible de los recuerdos.
Así nació Sarasate.
No el gran violinista navarro, sino aquel otro Sarasate de nuestras calles, el hombre menudo que iba con el violín al brazo recorriendo cafés, tabernas y veladores cuando Sevilla aún tenía personajes y no personajes televisivos; cuando la fama se ganaba andando y no apareciendo en una pantalla.
La escena ocurrió en La Alicantina, aquel café donde se arreglaba España entre sorbo y sorbo de café y donde se comentaba la actualidad con más gracia que rigor. Allí se reunían cada mañana Juan Carretero, primer director de ABC de Sevilla, su hermano Nicolás, Ricardo Talens, Ramón Sánchez-Pizjuán, Ramón Encinas, Rafael Pérez Lozano y otros habituales de aquella república independiente de tertulianos.
Por la calle Sagasta apareció entonces García Belgrano con su paso característico y su violín inseparable.
Lo vio venir Juan Carretero.
Y dijo:
—Ya se nos acerca Sarasate...
Nada más.
Ni más ni menos.
Como tantas cosas en Sevilla, aquello nació como una broma y terminó convertido en una verdad. Desde aquel instante nadie volvió a llamarlo García Belgrano. Pasó a ser Sarasate para toda la ciudad.
Y así quedó.
Porque Sevilla tiene la extraña capacidad de conceder títulos nobiliarios a quien le cae simpático. A unos los hace toreros sin haber pisado una plaza. A otros los convierte en filósofos de taberna. Y a un violinista callejero fue capaz de regalarle el apellido de uno de los músicos más famosos de España.
Sarasate era uno de esos hombres que parecían formar parte del mobiliario sentimental de la ciudad.
Siempre aparecía con su chaqueta gris vencida por los años, con el cuello blanco de la camisa cuidadosamente limpio aunque desgastado por el uso, y con aquel corbatín negro rematado en una gran lazada que le daba un aire antiguo, como escapado de una fotografía de finales del siglo XIX.
Los estudiantes lo conocían.
Los camareros lo saludaban.
Los parroquianos lo esperaban.
Era una presencia familiar.
Tan familiar como el sonido de las campanas de San Isidoro o el pregón del vendedor de lotería.
Su recorrido era casi una procesión laica. Empezaba por La Reja, en Sierpes. Seguía por la Avenida. Bajaba por Mateos Gago. Se dejaba ver por los alrededores del Casino de la Exposición y terminaba muchas veces en Los Venerables.
No había horario fijo.
Ni reloj.
Ni agenda.
Sólo el compás lento de una ciudad que todavía sabía demorarse.
Cuando encontraba mesas con niños hacía una de sus especialidades. Interpretaba aquel número humorístico llamado «Co-co-qu-quá», golpeando rítmicamente el cuerpo del violín con la varilla del arco mientras los pequeños reían fascinados.
Si el auditorio era más serio, atacaba piezas inspiradas en Pablo Sarasate, el auténtico. Entonces el ambiente cambiaba. La conversación bajaba de volumen. Y durante unos minutos aquel humilde músico ambulante conseguía que una taberna se pareciera a un pequeño teatro.
Después pasaba el violín.
No la gorra.
El propio violín.
Y las monedas iban cayendo.
Las guardaba cuidadosamente en un pañuelo viejo, remendado muchas veces, pero limpio. Siempre limpio.
Porque la dignidad no depende del dinero.
Y Sarasate tenía mucha.
Quizá por eso impresionaba tanto otro de sus rituales.
Cada viernes acudía a la Basílica del Gran Poder. Llegaba con su violín enfundado. Lo dejaba en la sala de recuerdos. Compraba una vela. La encendía. La colocaba en los candelabros. Se acercaba al Señor. Le besaba los pies. Y se marchaba sin decir palabra.
Sin exhibiciones.
Sin aspavientos.
Sin buscar la mirada de nadie.
Como hacen los verdaderos devotos.
Con su desaparición se fue algo más que un músico callejero.
Se fue una Sevilla.
La Sevilla donde todavía existían personajes irrepetibles. Donde los cafés eran oficinas sentimentales. Donde los apodos tenían más fuerza que los nombres del registro civil. Donde un periodista podía bautizar a un hombre con una simple frase y conseguir que aquel nombre durara más que el mármol de una lápida.
Hoy ya casi nadie recuerda a García Belgrano.
Pero muchos sevillanos siguen recordando a Sarasate.
Y eso, al fin y al cabo, es la inmortalidad que concede Sevilla a quienes lograron ganarse, sin pretenderlo, un rincón en su memoria.
08/06/2026
Me comenta un amigo que el estado de esta magnífica portada de la Anunciación en la calle Laraña es una vergüenza para la Universidad, aumentada, diría yo, con las banderolas laterales contrarias a la declaración de BIC de la fachada.
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