Spica
Hay algo profundamente humano (y a la vez inquietante)en ese pequeño desfase entre lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos. Como si dentro de nosotros y nosotras convivieran varias versiones de la misma persona, no siempre bien coordinadas. A eso lo llamamos, de forma sencilla, incongruencia entre actitud y conducta. Pero en realidad es mucho más que una “contradicción”: es una grieta por donde se cuela nuestra historia, nuestros miedos… y también nuestras posibilidades de cambio.
Cuando lo que soy no coincide con lo que hago
Imagina a alguien que defiende con firmeza la importancia del autocuidado, pero vive permanentemente agotado o agotada, sin descanso ni límites. O quien valora profundamente la honestidad, pero evita conversaciones difíciles por miedo al conflicto. No es hipocresía (o no siempre).Es, muchas veces, una forma de supervivencia.
La actitud es ese mapa interno: creencias, valores, emociones, intenciones.
La conducta, en cambio, es lo que finalmente se ve: decisiones, actos, palabras.
Y entre ambas… hay un puente. Pero no siempre está bien construido.
La danza invisible: por qué nos desajustamos
El psicólogo Leon Festinger habló de algo clave: la disonancia cognitiva. Ese malestar que aparece cuando lo que pensamos no encaja con lo que hacemos.
Pero aquí viene lo interesante: en lugar de cambiar la conducta, muchas veces cambiamos la narrativa.
Nos decimos:
* “No es tan importante”
* “Ahora no puedo”
* “Ya lo haré más adelante”
Y así, sin darnos cuenta, vamos ajustando la realidad para no sentir la incomodidad de esa incoherencia.
Porque, siendo honestos, cambiar de conducta implica riesgo. Implica renunciar a lo conocido. Y nuestro cerebro… es bastante conservador.
Cuando la incongruencia se vuelve identidad
El problema no es puntual. El problema es cuando ese desajuste se cronifica.
Cuando una persona:
* Dice que quiere vínculos sanos, pero repite relaciones que le dañan
* Afirma que desea calma, pero vive en constante autoexigencia
* Anhela ser vista, pero se esconde
Entonces la incoherencia deja de ser un momento… y se convierte en un patrón.
Y ahí ocurre algo sutil pero potente: la identidad empieza a fragmentarse.
Ya no sabemos si somos lo que pensamos, lo que sentimos o lo que hacemos. Y esa confusión desgasta. Mucho.
El coste emocional de vivir desalineados
Vivir con esta desconexión tiene un precio:
* Ansiedad difusa (esa sensación de “algo no encaja”)
* Culpa silenciosa
* Pérdida de autoestima (“¿por qué no hago lo que digo?”)
* Sensación de impostura
Es como intentar caminar con un pie en cada dirección. No se avanza… se sufre.
Pero también hay soluciones
La incongruencia no es solo un problema. Es también una señal.
Una especie de alarma interna que dice:
“Aquí hay algo que necesita ser mirado con honestidad.”
Porque entre actitud y conducta no solo hay incoherencia… hay información:
* Tal vez la actitud no es tan propia como creemos (¿de quién es esa voz?)
* Tal vez la conducta está protegiendo algo (miedo, herida, historia)
* Tal vez necesitamos recursos que aún no tenemos
Cuando dejamos de juzgar esa distancia… podemos empezar a comprenderla.
Hacia la coherencia: un camino más humano que perfecto
No se trata de ser perfectamente coherentes (eso sería sospechoso, por cierto).
Se trata de reducir la distancia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos… con amabilidad y conciencia.
A veces el primer paso no es cambiar la conducta.
Es poder decir, sin maquillaje:
Esto que hago no representa del todo quién quiero ser… pero entiendo por qué lo hago.”
Y ahí, justo ahí, empieza el cambio real.
Un pequeño giro final
Quizá la pregunta no es:
“¿Por qué soy incoherente?”
Sino:
“¿Qué parte de mí está intentando sobrevivir cuando no actúo como pienso?”
Porque en esa respuesta… no solo hay explicación.
Esta nuestra propia historia, lo que queremos y lo mejor hacia donde queremos encaminarla.
Lola Muñoz-Suazo
TDAH y comorbilidad con los trastornos del aprendizaje
Cuando la dificultad no viene sola
El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es uno de los trastornos del neurodesarrollo más estudiados en la infancia. Se caracteriza principalmente por dificultades en la atención sostenida, la regulación del impulso y, en algunos casos, la hiperactividad motora. Sin embargo, una de las realidades clínicas más relevantes (y a menudo menos comprendidas)es su alta comorbilidad con los trastornos del aprendizaje.
En otras palabras: muchas veces el TDAH no llega solo. Llega acompañado.
Diversas investigaciones muestran que entre el 40 % y el 60 % de los niños con TDAH presentan también algún trastorno específico del aprendizaje, como la Dislexia, la Discalculia o la Disgrafía. Esta coexistencia genera un perfil neuropsicológico complejo que requiere comprensión profunda, evaluación cuidadosa y un acompañamiento educativo sensible.
¿Qué significa comorbilidad?
En salud mental, comorbilidad significa que dos o más trastornos aparecen simultáneamente en una misma persona. No se trata de que uno cause necesariamente el otro, sino de que comparten factores neurobiológicos, cognitivos o ambientales que favorecen su aparición conjunta.
En el caso del TDAH, esta comorbilidad es particularmente frecuente porque los procesos cerebrales implicados (especialmente los relacionados con las funciones ejecutivas)también participan en el aprendizaje escolar.
Cuando estas funciones presentan dificultades, pueden verse afectadas habilidades como:
• la memoria de trabajo
• la planificación
• la organización de la información
• la velocidad de procesamiento
• la inhibición de respuestas impulsivas
Estas habilidades son esenciales para tareas académicas como leer, escribir, resolver problemas matemáticos o comprender instrucciones complejas.
Principales trastornos del aprendizaje asociados
1. Dislexia: dificultades en la lectura.
La dislexia es el trastorno del aprendizaje más frecuentemente asociado al TDAH. Se caracteriza por dificultades en el reconocimiento de palabras, la fluidez lectora y la comprensión del texto.
Cuando dislexia y TDAH coexisten, el niño o la niña puede presentar:
• lentitud lectora
• errores frecuentes al leer
• dificultad para mantener la atención durante la lectura
• problemas para comprender textos largos
El resultado suele ser una fatiga cognitiva intensa, que muchas veces se interpreta erróneamente como desmotivación.
2. Discalculia: dificultades en matemáticas
La discalculia implica problemas en la comprensión de los números, el cálculo y el razonamiento matemático.
Si aparece junto al TDAH, pueden observarse:
• errores en operaciones simples
• dificultad para recordar tablas de multiplicar
• problemas para organizar pasos en cálculos
• confusión en el manejo del tiempo o las cantidades
Aquí se combinan dificultades cognitivas específicas con problemas de atención sostenida, lo que multiplica los obstáculos en el aprendizaje.
3. Disgrafía: dificultades en la escritura
La disgrafía afecta la producción escrita y puede manifestarse como:
• letra poco legible
• escritura lenta
• dificultad para organizar ideas en el papel
• errores ortográficos frecuentes
Cuando se combina con TDAH, la escritura puede convertirse en una tarea especialmente frustrante, ya que requiere planificación, memoria de trabajo y control motor fino.
Bases neurobiológicas compartidas
Las investigaciones en neurociencia sugieren que el TDAH y muchos trastornos del aprendizaje comparten alteraciones funcionales en circuitos cerebrales que incluyen:
• la corteza prefrontal, implicada en las funciones ejecutivas
• los ganglios basales, relacionados con la regulación del movimiento y la motivación
• el cerebelo, cada vez más reconocido por su papel en el aprendizaje y la coordinación cognitiva
A nivel neuroquímico, también intervienen sistemas de neurotransmisores como:
• dopamina, relacionada con la motivación y el refuerzo
• noradrenalina, implicada en la alerta y la atención
• serotonina, vinculada con la regulación emocional
Cuando estos sistemas funcionan de forma diferente, la persona puede experimentar dificultades tanto en la regulación atencional como en el procesamiento académico.
Impacto emocional y social
La coexistencia de TDAH y trastornos del aprendizaje no afecta solo al rendimiento escolar. También tiene consecuencias emocionales profundas.
Muchos niños y niñas desarrollan:
• baja autoestima
• sensación de fracaso repetido
• ansiedad ante tareas escolares
• evitación del aprendizaje
Si el entorno interpreta estas dificultades como falta de esfuerzo, el problema puede agravarse. El niño termina creyendo que el error está en él, cuando en realidad se trata de una forma diferente de procesar la información.
Por eso el acompañamiento debe ir más allá de lo académico: debe incluir validación emocional, comprensión y estrategias adaptativas.
Claves para la intervención educativa
Cuando existe comorbilidad entre TDAH y trastornos del aprendizaje, la intervención más eficaz suele ser multidisciplinaria. Algunas estrategias fundamentales incluyen:
1. Evaluación neuropsicológica completa
Permite identificar el perfil cognitivo específico y diseñar apoyos personalizados.
2. Adaptaciones educativas
Entre ellas:
• más tiempo en exámenes
• reducción de carga escrita
• uso de apoyos visuales
• fragmentación de tareas complejas
3. Enseñanza explícita y estructurada
Los niños con TDAH se benefician de instrucciones claras, pasos concretos y feedback inmediato.
4. Regulación emocional y motivación
El reconocimiento del esfuerzo y el refuerzo positivo ayudan a sostener la motivación.
Mirar más allá del síntoma
Comprender la comorbilidad entre TDAH y trastornos del aprendizaje implica cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos:
“¿Por qué no lo intenta más?”
La pregunta debería ser:
“¿Qué necesita este niño o esta niña para aprender de una manera que respete su cerebro?”
Cuando la educación y la clínica adoptan esta mirada, el TDAH deja de ser visto únicamente como una dificultad y comienza a entenderse como un perfil neurodiverso que requiere entornos de aprendizaje más flexibles, empáticos y creativos.
Y ahí, justo ahí, empiezan a aparecer las verdaderas posibilidades.
Porque cuando se ajusta el entorno… muchas veces lo que parecía una dificultad insuperable se transforma en una forma distinta (y valiosa)de aprender.
Spica.
Desde una perspectiva clínica, hablar negativamente de un miembro de la familia delante de un niño y una niña constituye una forma de violencia relacional de bajo umbral, con efectos potencialmente acumulativos sobre la salud emocional, la construcción del apego y el desarrollo neurobiológico.
No se trata solo de un comportamiento inapropiado, sino de una experiencia relacional adversa, especialmente dañina en etapas tempranas del desarrollo.
1. Generación de lealtades divididas y estrés tóxico
Cuando un niño y una niña escuchan a un progenitor descalificar a otro familiar significativo —padre, madre, abuelo/a, tío/a, hermano/a—, se activa un conflicto de lealtad incompatible con su capacidad cognitiva y emocional.
Esto produce:
• aumento de cortisol,
• activación sostenida del sistema de amenaza,
• dificultad para organizar respuestas de regulación emocional.
El conflicto de lealtades sitúa al niño y a la niña en un dilema insoluble: proteger su vínculo afectivo o proteger al adulto que lo critica. Ninguno de los dos caminos es seguro.
2. Impacto en el apego: inseguridad y disociación relacional
Según la teoría del apego, el niño y la niña necesitan coherencia y previsibilidad entre las figuras cuidadoras. Cuando un adulto de referencia denigra a otro, se rompe la coherencia del sistema de apego y aparece:
• Apego inseguro ansioso o ambivalente, al no saber qué parte del sistema cuidador es fiable.
• Apego desorganizado, cuando el adulto que debe ser fuente de seguridad se convierte, simultáneamente, en fuente de amenaza emocional.
En muchos casos, el niño y la niña comienzan a mostrar disociación relacional, una forma de desconexión emocional que sirve para no sentir el conflicto interno.
3. Alteración del desarrollo neurobiológico de la integración emocional
En etapas críticas, especialmente antes de los 12 años, la exposición repetida a críticas intrafamiliares genera ruido emocional que interfiere con:
• la integración entre la amígdala y la corteza prefrontal,
• la capacidad de mentalización,
• la regulación emocional,
• el aprendizaje social empático.
La amígdala interpreta el conflicto como amenaza, mientras la corteza prefrontal aún no tiene recursos suficientes para contextualizarlo. Se produce así una vulnerabilidad mayor al estrés, a la ansiedad social y a la hiperadaptación emocional.
4. Modelado de dinámicas relacionales basadas en la desvalorización
El niño y la niña aprenden por observación:
• cómo se resuelven los conflictos,
• cómo se habla del otro,
• qué lugar ocupa la dignidad en los vínculos.
Cuando el modelo dominante es la crítica o la burla hacia personas significativas, se normaliza la relación basada en la descalificación. Esto aumenta la probabilidad de:
• repetir vínculos adultos con dinámicas tóxicas,
• desarrollar estilos de comunicación agresivo-pasiva,
• usar el sarcasmo como defensa relacional,
• tolerar maltrato emocional por sentirse “acostumbrados”.
5. Intromisión en los vínculos del niño y la niña: trauma vincular inducido
Hablar mal de un miembro de la familia frente a un niño y una niña constituye un acto de triangulación emocional, donde se les obliga a tomar un rol para el que no están preparados: juez, confidente o aliado.
Esto genera:
• responsabilidad emocional inapropiada,
• parentificación,
• pérdida del derecho a construir su propio vínculo con ese familiar.
Desde una perspectiva clínica, esto se considera un trauma vincular inducido, ya que daña la red relacional que protege al niño y a la niña.
6. Efectos en la autoestima y el autoconcepto
La identidad infantil se construye también a partir de las figuras familiares. Cuando se desvaloriza a un miembro de esa red, el niño y la niña internalizan mensajes como:
• “si mi familia es mala, yo también lo soy”,
• “algo debe haber mal en mí”,
• “no soy digno de un entorno seguro”.
Esto deriva en:
• baja autoestima,
• autoexigencia desadaptativa,
• vergüenza tóxica,
• dificultades para desarrollar identidad sólida en la adolescencia.
7. Consecuencias clínicas a medio y largo plazo
La literatura científica y la práctica clínica muestran que este patrón puede asociarse con:
• trastornos de ansiedad,
• dificultades de regulación emocional,
• trastornos de conducta y oposicionismo,
• sintomatología depresiva,
• trastornos disociativos en casos severos,
• mayor vulnerabilidad en adolescentes con TDAH u otras neurodivergencias.
En neurodesarrollo es especialmente dañino porque el niño y la niña, al tener mayor sensibilidad al rechazo, interpretan la crítica como un mensaje de peligro relacional.
Conclusión clínica central
Hablar mal de un familiar significativo delante de un niño y una niña constituye una forma de violencia emocional sutil pero estructural, que altera su desarrollo afectivo, su seguridad interna y su capacidad futura para construir vínculos sanos.
No solo daña la imagen del familiar criticado: hiere directamente al niño y a la niña en su identidad y su mapa afectivo interno.
Lola Muñoz-Suazo
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