Ana Maria Rotundo-Escritora
03/04/2024
Relato para taller Girasol
Los libros, ecos del pasado.
En la entrada de su tienda, ubicada en una colina rodeada por densos bosques de abetos y robles, Marco Aurelio que cumple el segundo año de campaña militar en la zona fronteriza con Germania, se despide de uno de sus generales. Acaban de reunirse con los quaestores para asegurar la buena marcha del avituallamiento. Han disminuido las tensiones en la zona y es tiempo propicio para organizarse.
Cuelga su capa de lana púrpura en un saliente de la tienda y se dirige hacia la mesa. Mientras ordena sus ideas con expresión tranquila, observa las sombras que se producen sobre las paredes de lona bajo la luz parpadeante de las antorchas. Coloca su corona de laurel a escasos digitus del tintero y extiende un nuevo pergamino sobre la mesa. Es un buen momento para reflexionar y escribir. Precavido, había llevado suficiente tinta de galo y plumas de ganso talladas, esperando una larga campaña militar en la zona ante las constantes amenazas que las tribus germánicas representan para la seguridad del imperio.
Con el murmullo de los ríos y el crujir de las ramas de los árboles como música de fondo, se acomoda en la silla de madera doblando sobre sus piernas la toga ricamente adornada con detalles dorados y dejando al descubierto la túnica de lino blanco plisada. Estaba cansado. La noche anterior no había podido conciliar el sueño con un pensamiento recurrente. Lucio Aurelio Vero, quien había compartido con él el poder imperial gran parte de su reinado y se había destacado como un líder militar valiente y competente, había mu**to en vísperas de la campaña y solo le quedaba su hijo Cómodo de apenas 11 años para sucederlo. A sus 50 años, agotado por las exigencias del cargo y sus problemas crónicos de salud, piensa que tiene poco tiempo para prepararlo.
Se levanta y camina dentro de la tienda. Por ratos se detiene y masajea sus adoloridas rodillas mientras sus pensamientos se organizan. Sabe que su hijo cuenta con una educación privilegiada que incluye la preparación para asumir las responsabilidades políticas y administrativas para sucederlo, pero, siendo honesto consigo mismo, también sabe que no se siente muy atraído por la instrucción militar. ¿Qué opciones tiene?, por un lado está consciente de que la sucesión hereditaria a través de la descendencia biológica es una norma arraigada en la sociedad romana que evitaría resistencia y luchas de poder, garantizando estabilidad y continuidad a su legado; sin embargo, por otro lado, sabe que no cuenta con suficiente tiempo para llevarlo con él a sus campañas militares y brindarle esa formación indispensable, sobre todo en esos momentos en los que el imperio enfrenta desafíos internos y externos de importancia.
Vuelve a su asiento y toma la pluma reflexionando sobre lo sencillo que resultaría dejar la responsabilidad de las decisiones difíciles a una divinidad o, como lo hiciera en su época el mismísimo Alejandro Magno, al Oráculo de Delfos; sin embargo, él no puede hacerlo. Su guía para la toma de decisiones es la razón, la prudencia y la sabiduría. Si escribe una carta a su hijo, debe tomar en cuenta que a pesar de los esfuerzos que él y sus maestros han realizado para inmiscuirlo en los principios estoicos y en la filosofía de la virtud, observan que su juventud y carácter sumado a la placentera vida en el palacio imperial, rodeado de lujos y jardines exuberantes, lo han hecho muy difícil.
¡Por Júpiter! ⎯exclama con vehemencia⎯ ¡por supuesto que crecerá y asumirá sus responsabilidades dando continuidad a mi legado. Mantendrá la estabilidad del imperio! ⎯se dice a sí mismo antes de comenzar a escribir.
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Pasa los dedos por el lomo de los libros. Respira profundo el aroma a madera y pergamino. Es una biblioteca de madera oscura que reviste las enormes paredes de piedra. No se cansa de admirarla en ese ambiente impregnado de solemnidad. ¿Qué leerá ese día?, acaba de terminar un libro recomendado por su confesor sobre la vida de Santa Isabel, princesa de Hungría. Sin duda fue muy acertado: el libro la había conmovido hasta el llanto; sin embargo, ese día, que le ha otorgado el privilegio de escoger uno en el monasterio, dejará que sean sus energías las que le indiquen cuál libro leer.
Detrás de ella, en el centro de la sala, están las mesas de madera sólida y sillas talladas a mano, donde los monjes y eruditos se sientan a estudiar y reflexionar, y ese día, está feliz de poderlo hacer ella. ¡Cuánta sabiduría!⎯murmura con emoción. De pronto detiene su mirada frente a un libro y lo toma con delicadeza. Tiene una encuadernación muy hermosa. Posa su mano sobre la dura y decorada superficie y lo abre mientras se apura a buscar un asiento.
Allí, después de un largo rato sumergida en la lectura, se encuentra con la referencia a una carta cuyo texto leyó varias veces:
Hijo mío, Cómodo,
Escribo estas palabras con la esperanza de ofrecerte consejos sabios y orientación para tu futuro como emperador de Roma. Es un honor y una responsabilidad que has heredado, y confío en tu capacidad para enfrentar estos desafíos con sabiduría y determinación.
Recuerda siempre que el poder que posees es un deber sagrado que debe ser ejercido con prudencia y justicia. No te dejes llevar por el deseo de dominio o la búsqueda de placeres mundanos, sino busca siempre el bienestar y la prosperidad del imperio y sus ciudadanos. Recuerda que el liderazgo no se trata solo de autoridad y poder, sino también de servicio y sacrificio.
Busca la sabiduría en los consejos de aquellos que son prudentes y experimentados en los asuntos de estado. Escucha con atención sus palabras y reflexiona sobre ellas antes de tomar decisiones importantes.Confío en tu capacidad para llevar a cabo esta tarea con honor y dignidad.
Con todo mi respeto y confianza,
Tu padre
⎯ ¡Isabel, Isabel! ⎯escucha a lo lejos la voz de su hermano⎯ ¡Dios mío!, se me ha hecho tarde y nuestra madre nos espera para cenar ⎯ de inmediato se levanta, busca a su confesor para entregarle el libro y sale al encuentro de su hermano.
⎯¿Qué leías tan concentrada que incluso olvidaste el compromiso con el Rey?, nuestra madre estaba inquieta por tu ausencia.
⎯¡Un libro maravilloso Alfonso! En él encontré una carta que he memorizado y te la he de recitar para que la recuerdes. Te será muy útil como futuro Rey.
⎯Pero Isabel, ¿qué dices?, todavía es temprano para asumir tal cosa. Además, tú también podrías ser la futura Reina de Castilla.
⎯¡Solo Dios puede saberlo!
13/01/2024
Nuevo relato para el taller de escritura El Girasol. En esta ocasión, el reto es narrativa o poesía erótica.
El tapiz
Altagracia entró a la feria el último día de las exposiciones. Caminaba distraída viendo con atención la variedad de productos extranjeros que estaban en venta. Había pasado el tiempo sin que se diera cuenta y en un determinado momento se percató de que la hora de cierre se acercaba al observar que en los puestos donde ya no había mucha afluencia de clientes, estaban guardando las mercancías; así pues, decidió buscar a su alrededor algún puesto de su interés para acelerar el paso y alcanzarlo antes del cierre.
Vio con entusiasmo una venta de tapices que estaba justo frente a ella. Era un espacio bellamente decorado y en la pared del fondo colgaba uno de gran tamaño con motivos orientales que captó inmediatamente su atención. Al llegar no vio a ningún vendedor. Esperó unos breves segundos y decidió acercarse despacio hasta el tapiz para observarlo mejor. Sintió una agradable sensación en ese lugar. Era cálido, acogedor y estaba impregnado de un exótico aroma que le agradó inmediatamente.
Como si estuviera hechizada, permaneció enhiesta frente al tapiz durante un rato indeterminado. Observaba sus múltiples detalles con fascinación como la obra inexpugnable que era. En los meandros del río que atravesaba el paisaje, surgían caseríos, siembras y algunos animales. Más arriba, en cambio, se transformaban en tierras hiperbóreas, retando a la imaginación del que, como ella, observa estupefaciente los contrastes. De pronto, Altagracia volvió a la realidad cuando sintió una presencia a sus espaldas y comprendió que se había sumido en una profunda concentración. Volteó un poco avergonzada y se encontró con la clara mirada del vendedor.
Aunando las energías que había dejado regadas sobre el tapiz, trató de disimular la turbación que le causaba aquella mirada masculina. Ambos se veían con interés. Había surgido un repentino magnetismo entre ellos y allí, como si estuvieran paralizados, en realidad medraba en el interior de cada uno, un inconfesable deseo. Con la piel erizada y sin poder articular palabra, Altagracia veía con enorme complacencia que aquel hombre, visiblemente turbado, se le acercaba con delicadeza. Quedaron tan cerca que podían escucharse las respiraciones agitadas de cada uno y así frente a frente, permanecieron breves segundos, hasta que, la voz grave de él, rompió el silencio cuando le preguntó en qué podía ayudarla.
Lo que Altagracia quería era seguir allí, muy cerca, sintiendo el calor de aquel cuerpo musculoso y fuerte. Sin hablar, lo único que atinó hacer fue un gesto impreciso con la cabeza. No asentía ni negaba y el hombre, que estaba tan excitado como ella, le sonrió y extendió su brazo alcanzándole el hombro con delicadeza. Ella sintió que una corriente agradable y desconocida le atravesaba el cuerpo y se dejó acariciar. El olor que desprendía su cuerpo le resultaba tan delicioso como desconocido, la invitaba a participar de aquellas caricias que, a pesar de su delicadeza, iban cargadas de una enorme potencia sensorial. La mano de él, alcanzó la suya y con un leve movimiento le sugirió seguirlo a un lado donde, detrás de las cortinas, quedaban aislados temporalmente del mundo.
Allí, en privado, con un movimiento firme y envolvente, la abrazo y poco a poco sus labios buscaron cada rincón de Altagracia que, entregada al placer, yacía húmeda en los brazos de aquel desconocido.
Como salido de las feraces llanuras del tapiz, el campesino experto exploraba el cuerpo de Altagracia que se había convertido en el coadjutor perfecto del experimento sensorial que compartían. Roces, suspiros, quejidos y aquellas acciones que veleidosas se convertían en desesperada impaciencia ante el deseo. Revelándose a las normas, ambos fueron a más y más y más, llegando a conocer todos sus rincones, texturas y olores.
La feria se despidió cuando Altagracia se alejaba, asaz satisfecha.
Ana M. Rotundo
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