ELECTRONICA CANDO
28/03/2025
Los Miserables Vistos Desde el Cosmos
Desde la inmensidad oscura del espacio, flotando invisibles en su nave camuflada, dos seres de silicio y luz observaban la Tierra como quien mira un insecto herido girando en círculos.
—¿Y sabes lo peor de esta especie? —dijo el más viejo de los dos, mientras ajustaba su lente gravitacional—. No es su violencia, ni su arrogancia, ni siquiera su obsesión por los objetos que no necesitan. Es su falta de empatía.
—¿Falta de empatía?
—Sí. Y según nuestras mejores mentes, hay muy poca esperanza para ellos. Hay pocas almas que aún brillan.
—¿Entonces el Consejo tenía razón al vetarlos del Programa Galáctico de Cooperación?
—Totalmente. Pero antes de que descartes a los humanos como insectos emocionales, quiero mostrarte algo.
Con un leve movimiento de sus dedos traslúcidos, el lente hizo zoom sobre un barrio de techos oxidados y calles de tierra. Las paredes eran de bloques sin repellar, los perros flacos, y el sol parecía castigar en lugar de alumbrar.
—Mira, ahí. Ese niño.
Estaba sentado frente a una escuela cerrada por huelga de maestros, con los pies polvorientos, las uñas negras y una camisa con un Pikachu decapitado. Tenía en la mano una tortilla fría doblada a la mitad, sin sal, sin nada. La masticaba lento, como quien quiere alargar la ilusión de estar comiendo. Luego lamía los dedos, como si pudieran soltar algo más de sabor.
Miró la tiendita de enfrente. El dueño, gordo y sudoroso, comía chips y Coca-Cola. El niño se pasó la lengua por los labios, y luego bajó la vista. Se le escuchó el estómago.
El otro alienígena frunció sus párpados de energía.
—Eso es cruel. ¿Por qué no le dan comida?
—Porque no genera votos. Ni ganancias.
Cambiaron de ángulo. El lente se desplazó miles de kilómetros hasta una choza en la selva. Dentro, una mujer tose. Tiene los ojos amarillentos y las costillas marcadas. Su esposo le pone trapos húmedos en la frente. No hay hospital a menos de seis horas. El último médico se fue cuando le robaron la motocicleta.
Ella sonríe a su hijo menor y le dice que es solo un resfriado, que en dos días estará bien. Pero entre cada frase, escupe sangre en una servilleta escondida.
—¿No tienen medicina? —preguntó el joven alienígena.
—Sí, pero está en la ciudad. Y cuesta más que su casa.
Luego observaron a una niña de catorce años que caminaba una hora cada día para llegar a una escuela donde la maestra copiaba textos de un libro de 1998. Los pupitres estaban rotos. El pizarrón, cubierto de moho. La niña preguntaba, quería entender, pero el maestro solo repetía lo mismo. A veces se dormía.
—Quiere ser ingeniera —dijo el alien veterano.
—¿Con eso? Ni para taxista.
El lente viajó a un cerro, donde un hombre vivía con su familia en una casita de lámina y cartón. Cuando llovía, usaban ollas para atrapar el agua que se colaba por el techo. El viento les había llevado una de las paredes. Dormían abrazados para no caerse al vacío.
—La vista es bonita —bromeó el joven.
—Sí, si no te importa morir de hipotermia.
El siguiente enfoque fue más oscuro. Una joven cruzaba un barrio lleno de grafitis con nombres de pandillas. Caminaba rápido, con los ojos al frente. En la esquina, dos muchachos con tatuajes la miraban. Uno chasqueó la lengua.
Ella no miró atrás. Ya había aprendido que correr era peor. No era la primera vez que la ultrajaban.
En otra escena, un hombre esperaba en la esquina de una construcción con su casco roto bajo el brazo. No lo habían llamado en semanas. Tenía cinco oficios y cero contratos. En casa lo esperaban tres niños. La más pequeña le había dibujado un sol con crayones y le dijo que ese era él, el que da luz. Él guardó el dibujo en el bolsillo y fue a buscar trabajo… otra vez.
—¿Y si trabajaran más? —preguntó el joven.
—Trabajan como mulas. Solo que a las mulas, al menos, les dan heno.
Zoom. Un niño saca agua de un pozo comunitario a las 4 a.m. porque después se llena de barro. En su casa no hay baño, solo un hueco con tablas. La electricidad va y viene, pero siempre hay una factura. Cuando preguntó por Internet para hacer una tarea, su madre le mostró un cielo sin estrellas.
—En esta parte del mundo, tener WiFi es como tener un unicornio —dijo el alien viejo.
Otra escena. Un joven llega a una entrevista de trabajo. El entrevistador lo mira de arriba abajo y pregunta de qué barrio viene. El joven miente. Igual no lo contratan. Al salir, otro le dice: “¿Viste? Te lo dije. Con esa cara de pobre, ni de mesero te quieren.”
Finalmente, una mujer sola llora en silencio mientras su hijo duerme. Ha hecho todo bien. Ha trabajado, ha luchado, ha aguantado. Pero no puede más. Tiene miedo. Miedo de enfermar, miedo de perder la casa, miedo de que su hijo crezca sin fe. Se cubre la boca para que no la escuche.
Y sin embargo, por la ventana abierta, una vecina le deja una bolsa con pan. No dice nada. Solo la deja ahí. La mujer sonríe con los ojos húmedos. Por un segundo, siente que no está sola.
El alienígena más joven se quedó en silencio. Sus ojos emitían un suave resplandor azul, una señal de conmoción.
—¿Y qué tan desarrolladas están sus emociones? Quiero decir… ¿sienten? ¿O solo sobreviven?
El viejo giró apenas la cabeza, como si esa fuera la pregunta más dolorosa de todas.
—Eso es lo peor.
—¿Lo peor?
—Sienten profundamente. El amor, la pérdida, la locura, la rabia, la política, el abandono. Son criaturas de pasiones intensas. Aman con todo el cuerpo. Sufren con cada célula. Se rompen por dentro cuando muere alguien querido, y aún así tienen que seguir trabajando al día siguiente. Tienen sueños, ilusiones, quieren una vida digna, nada más. No piden riqueza. Solo quieren ver a sus hijos comer, reír, crecer seguros.
El joven bajó la mirada, tocado por algo que no sabía cómo procesar.
—Entonces… sabiendo todo eso… sabiendo exactamente lo que sienten y lo que sufren...
—Sí.
—¿Aún así no hacen nada?
-Sus líderes son sus propios verdugos.
Entonces el viejo suspiró, o hizo lo más parecido a un suspiro que podía hacer un ser que no tenía pulmones.
—Lo saben. Lo ven. Lo ignoran. O peor: lo justifican.
—Bueno, concuerdo contigo —dijo finalmente el joven—. Es mejor que no nos metamos con esta especie. Un día de estos se van a matar todos entre ellos.
La nave apagó el lente y siguió su rumbo por el espacio, dejando atrás una Tierra llena de luces… muchas de las cuales venían de fábricas de armas y de pantallas que vendían felicidad en cuotas.
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