Voro Contreras

Voro Contreras

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26/02/2026

UN MOMENTO DELICADO

"Buenos días.

En lo que al negocio valenciano de la música en directo se refiere, diría que nos encontramos ante uno de los momentos más interesantes en bastante tiempo. La venida del Roig Arena y su "blitzkrieg" sobre el calendario musical de la ciudad parece haber sido acogida con entusiasmo por el público y por los promotores, incluidos los de unos cuantos artistas a los que hasta ahora les costaba pasar por aquí. Eso no ha impedido que las salas medianas y pequeñas sigan funcionando razonablemente bien ni que el Valencia CF se haya querido apuntar a la fiesta y -siguiendo el ejemplo del Levante UD (y esperemos que no el del Real Madrid)- haya anunciado que el Nou Mestalla también acogerá actuaciones musicales. En cambio, diría que sí que le ha impedido a algún festival "low cost" poder vender a día de hoy los 20.000 abonos que hasta el año pasado este mismo festival colocaba en menos de una hora".

De eso, de nuevos ciclos de conciertos que han nacido para hacerle la competencia a los históricos y decadentes Concerts de Vivers, de lo que supone competir con el sonido de los garitos ilegales de la Marina Nord y de los planes del ayuntamiento para ampliar la zona musical junto al canal del puerto, hablamos en la Newsletter de esta semana.

Sí, a esa a la que podéis suscribiros aquí:

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(La foto de Rick Astley es cortesía de la casa)

(Y el artíc**o podéis seguir leyéndolo en comentarios)

05/02/2026

No seré yo quien niegue que el texto principal de la newsletter de esta semana está un poco cogido por los pelos (de Bisbal), pero bueno, ahí la tenéis. Y si queréis recibirla cada semana en vuestro correo, apuntaos por aquí:
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El primer festival ChatGPT

Buenos días.

Venga va, les cuento un asunto personal. Tengo una hija de trece años, casi catorce, a la que le encanta la música, circunstancia que a su madre y a mí nos complace bastante hasta que intentamos escuchar algo por Spotify. Ahí siempre está ella con esas listas de reproducción -diría que son más de una decena- que va confeccionando inspirada principalmente por las series que ve en la tele y los descubrimientos que realiza cada día gracias al modo de reproducción aleatorio. Y así, cualquier tarde, desde el otro lado de la puerta de su habitación, puedo escuchar todo seguidito a The Smiths, Red Hot Chili Peppers, The Killers, Dua Lipa, Coldplay, Bad Bunny, Pitbull, Eminem con Dr. Dre, Olivia Rodrigo, Chappell Roan, ABBA, AC/DC, Taylor Swift o The Beatles.

Hoy he empezado a reflexionar sobre esos gustos musicales -no sé si variados, no sé si incongruentes- de mi hija cuando he recibido un correo anunciando la incorporación de David Bisbal al cartel del festival Bigsound, que se celebra el próximo junio en València. La reflexión viene a cuenta de que el estilo del cantante almeriense me resulta bastante alejado del que ha caracterizado tradicionalmente al Bigsound, un festival asociado a eso que llaman música urbana.

Me preguntaba entonces si un tío con ya una edad (aunque se mantenga tan templado, el ca**ón) y unas maneras tan ajaditas como Bisbal puede gustarle al mismo público vapeador que acudirá al evento para escuchar a Lola Índigo, Nathy Peluso, Rels B, Rusowsky o Yami Safdie. Y me respondo a mí mismo que es posible que sí, por la misma razón que a mi hija no le resulta nada llamativo pasar de The Cure a Benson Boone de un brinco y sin despeinarse.

Y aquí entra Spotify.
Desde la masificación de plataformas como Spotify -con millones de canciones disponibles al instante- la música ha dejado de consumirse por géneros más o menos rígidos, escenas cerradas o formatos físicos. Las listas personalizadas, el “Descubrimiento semanal” o el “Radar de novedades” han sustituido en gran medida a la exploración musical en tiendas, radios, revistas especializadas o recopilatorios caseros grabados en cassete.

Hoy manda un algoritmo que no recomienda música por etiquetas puristas, sino por patrones de escucha: si te quedas hasta el final de una canción, si repites un tema, si saltas otro... Así, estilos muy distintos conviven en una misma playlist porque el sistema detecta que funcionan juntos.

A golpe de matemática, Spotify ha ido borrando líneas y mezclando mundos, pero, aunque da la sensación de que se escucha “de todo”, parece evidente que los sistemas de recomendación tienden a reforzar lo que ya te gusta y a reducir la diversidad real. Es decir, el algoritmo amplía, pero dentro de los límites que él mismo te marca. Es decir, la industria musical de siempre.

Tanto es así que el oyente consume estilos distintos, pero dentro de un conjunto de artistas que el algoritmo considera compatibles, rentables o exitosos. Y por eso, los grandes éxitos globales -pop, urbano, trap, latin- colonizan espacios que antes eran más de nicho, simplemente porque acumulan millones de escuchas y se vuelven omnipresentes en playlists editoriales y personales. De este modo, artistas de mundos diferentes acaban compartiendo espacio natural en el consumo diario.

Y si conviven en Spotify, ¿por qué no en un festival?
Si miramos atrás, a los 90 o incluso a los primeros 2000, los festivales solían responder a escenas más o menos definidas: rock, techno, indie. El público estaba más segmentado y la industria tenía muchos menos datos para predecir comportamientos. Hoy, en cambio, vemos carteles cada vez más eclécticos.

Pero ojo, a lo mejor este eclecticismo no solo se debe a que los jóvenes oyentes no son tan monógamos en lo musical como lo podríamos ser sus padres. Como me indicaba esta mañana mi compañera Amparo Soria, incluir artistas con trayectoria y público más maduro ayuda a vender más entradas, atraer a asistentes con mayor poder adquisitivo y aumentar el gasto dentro del festival a la hora de pimplar. Ya no se programa solo pensando en “definir una escena”, sino en atraer a múltiples segmentos de público.

En definitiva, el algoritmo influye, pero no actúa solo. Facilita el acceso a millones de canciones, empuja ciertas tendencias y refuerza comportamientos, pero también convive con la curiosidad natural del oyente -especialmente si es joven-, que ya no percibe los géneros como fronteras identitarias. Si este principio lo aplicamos a un ecosistema de festivales cada vez más saturado y competitivo, donde asegurar ventas es más importante que diferenciarse, es normal que los promotores estudien métricas de streaming, datos de playlists y números de oyentes mensuales para diseñar su cartel. De esto a pagar 200 euretes por pasarlo pirata en la primera edición del FIC (Festival Internacional ChatGPT) estamos a un par de pasos.

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