Terapias Holisticas
05/01/2026
José y su abuelo (cuento numero 13 -derechos reservados)
En un círculo de sanación donde las historias pesan como piedras en el pecho, llegó José, un hombre de mediana edad cuyo caminar era lento, como si arrastrara un lastre invisible. Su voz no era solo cansada; era un río seco, lecho de palabras agotadas. “Mis negocios”, decía, no son negocios. Son pozos sin fondo. Cada vez que creo ganar algo, la vida me cobra el doble, a veces en monedas de reparaciones inesperadas, otras en billetes de farmacia. Hasta lo que gané una vez, lo tuve que gastar en remedios.
Era como si José negociara con la vida llevando siempre las manos vacías.
En la terapia, creamos un espacio simbólico. Por un lado, colocamos., El Campo de las Negociaciones: un territorio que para José se sentía frío y hostil, como un desierto de números donde solo crecía la pérdida. Por el otro lado, colocamos a Los Negociadores: los seres vivos (su parte sana, sus potenciales aliados) con nombres y corazones que podrían latir. Entre ambos, debería haber habido un puente de unidad y alegría. Pero José se quedaba al margen, espectador de su propio teatro, viendo desde la butaca del desgaste cómo su 'Negociador' interno, poseído por un fantasma, se perdía una y otra vez en aquel campo minado
Hasta que algo se movió.
Se levanto alguien y me di cuenta que lo estaba representando a Él, un hombrecillo pálido, nervioso, que miraba constantemente al suelo como si buscara monedas perdidas o agujeros por donde desaparecer. Mientras, otros personajes de su mundo interno entraban en escena, ya varios habían salido a colaborar. Y entonces, de pronto, alguien se desplomó. Un gemido agudo, un dolor antiguo, un cuerpo que caía sin aliento.
Miró a José y algo hizo click en el aire. La verdad se mostraba sin disfraz.
“José”, le pido, háblale a tu abuelo. Dijiste que murió cuando vos tenías solo un año. El gran comerciante, contaban tus tíos y tus padres, tan astuto que su éxito le costó la vida.
Y José, con una voz que ya no era la suya, sino una que venía desde un lugar profundo y olvidado, empezó a hablarle al vacío que tenía delante:
-Abuelo, no te conocí…
Pero en mi alma, desde que nací, llevaba grabado no tu risa, sino tu último suspiro. No tu astucia, sino tu terror.
Creí que ser leal a ti era repetir tu destino, honrar tu miedo, negociar con la vida desde la misma sombra que a ti te envolvió.
¿Era fidelidad? Era miedo. Miedo a traicionarte si tenía éxito donde tú caíste. Miedo a vivir si tú moriste.
-Tu terror quedó grabado no en una lápida, sino en el aire que respiré desde niño. Se convirtió en la bruma a través de la cual veía cada trato, cada oportunidad: siempre con la sensación de que ganar era peligroso, que brillar atraía balas.
-Hoy veo claro: no te estaba honrando. Te estaba sepultando en mí.
Hoy suelto esa fidelidad enferma. Suelto tu miedo, que no era mío.
Y en el espacio que deja, no pongo olvido, sino verdad: tomo de ti el coraje que sí tuviste para construir, la inteligencia que desplegaste, la pasión por crear.
-Pero el pánico final, la sombra del asesino, la creencia de que el éxito termina en tragedia… eso lo entierro contigo, con amor y con un adiós definitivo.
-Yo no negocio más con fantasmas. Negocio con la vida, desde mi alma, no desde tu herida.
Luego, amplió su mirada, como si viera un tejido completo de hilos familiares:
-A este sistema familiar del que vengo, lo honro desde la conciencia. Cada uno transitó su destino como pudo. Los que venimos después no somos salvadores, ni jueces, ni vengadores. Somos aprendices de la vida, con el derecho a caminar sin deudas ajenas-
En ese instante, lo increíble ocurrió: la figura del abuelo, que yacía simbólicamente caída, se levantó. Le sonrió a José con una paz vasta y serena, y se alejó caminando en sentido contrario, liberado también.
José sintió entonces un alivio tan grande que las lágrimas brotaron sin control. No eran de tristeza, sino de descarga, como si un dique interno se hubiera roto después de décadas.
Siempre integré varios abordajes en mis consultas y talleres, así que le di un interruptor neural., Cada vez que toques esta piedra, recuerda: Negocio desde mi sabiduría, porque mi éxito y mi paz solo dependen de mi.
Regresó varias veces, y en cada visita confesaba lo mismo con una sonrisa nueva:
-Cuando siento que flaqueo, cuando el viejo fantasma susurra, meto la mano en el bolsillo y rozo la piedra. Es fría y lisa al tacto, pero en mi memoria enciende algo cálido y nítido. No es la piedra lo que me sostiene; es el recuerdo de quién era yo cuando me la dieron. El que había dejado ir un peso que no era suyo. El que, por primera vez, respiró aire propio.
03/01/2026
El Mundo Está Lleno de H de P (Menos Yo)
Hay sesiones que no se olvidan. No porque sean luminosas, sino porque te dejan un olor a ácido en el alma.
Llegó ella. No diremos su nombre. Llegó con un catálogo de monstruos bajo el brazo. Su abuela, una egoísta. Sus padres, unos incompetentes. Sus ex maridos, unos parásitos. Sus compañeros de trabajo, envidiosos y mediocres. Cada persona en su historia era un hijo de p**a, un defectuoso, un malvado con nombre y apellido.
Yo escuchaba, al principio con atención de psicóloga, luego con paciencia de santa, y al final con un cansancio que me subía desde los huesos. Era como ver a alguien construir, ladrillo a ladrillo, una cárcel de rencor y sentarse adentro a llorar por estar encerrada.
Hasta que no pude más. Las palabras salieron solas, sin permiso de mi boca profesional:
—Dios mío… ¿cómo es que estás viva?
Ella se detuvo en seco. Dos lágrimas gruesas, perfectas, rodaron por su rostro. ¿Eran de tristeza genuina? ¿O era porque, por fin, alguien validaba el épico papel de mártir que había ensayado toda su vida?
—¿Vio? —dijo entre hipos—. ¿Vio qué terrible ha sido mi vida?
Ahí fue cuando respiré hondo y lancé la llave que quizás podía abrir la celda, o cerrarla para siempre:
—No. Lo digo en serio. ¿Cómo es posible que sigas respirando, si para vos el mundo entero es un campo minado de hijos de p**a? Todos. Todos menos vos. Tu abuela lo es. Tus padres lo son. Tus exes, tus jefes, tus vecinos… ¿No es agotador vivir en un planeta donde solo hay villanos y vos sos la única he***na inocente?
El silencio que siguió fue tan denso que casi se podía palpar. Esa sesión me sacó de eje. Me fui a casa con un malestar que no era pena, era asco. Asco ante la armadura de víctima, tan brillante y tan envenenada.
A veces la terapia no es dar abrazos. A veces es señalar el incendio que el mismo paciente está avivando, y preguntarle, con crudeza y compasión a la vez: ¿No te cansas de vivir entre llamas?
Y usted, ¿qué opina?
Todos conocemos a alguien así. La tía que sólo habla de traiciones. El vecino que tiene una queja contra el universo. La amiga cuya vida es un serial de villanos. Gente que vive en un reino de hielo, creyendo que el frío viene de afuera, sin ver que lo genera su propio corazón congelado.
La pregunta del millón es esta:
¿Usted cree que esa mujer, al escuchar esa pregunta brutal, me agregó a su larga lista de guerreros que la atacan? ¿O que, por un segundo apenas, tomó conciencia —un poquito, una rendija— de que ella era la arquitecta de su propio in****no?
Les agradezco de corazón si dejan su opinión acá abajo.
Estos cuentitos, cuando los conversamos entre todos, dejan de ser sólo una historia y se convierten en algo más rico: nos enseñan, nos espejean, nos hacen pensar en voz alta.
La lectura en solitario es una cosa, pero cuando se interactúa, se abre un campo de aprendizaje que a mí, como terapeuta, también me nutre y me sorprende.
¿Qué piensan? Los leo.
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