Baba Lab
18/05/2024
Ser uno mismo todo el tiempo es insoportable; pero ser otro es insostenible.
Dimos vuelta su guardarropas, al punto tal que todo lo que estaba a la derecha –su marido– pasó a la izquierda. Julia había resignado el espacio más grande y se había olvidado de que en la puerta colgaba un espejo. Era nuestro segundo encuentro y estábamos organizando la selección de la vez anterior en la que desenterramos al menos quince años de promesas, de prendas esperando entrar en un cuerpo que ya no existía. Un cuerpo sin hijos, sin cicatrices, sin exigencias; un cuerpo que habitó el deseo y la idea de libertad que se puede creer a los veinte años pero que después se olvida, porque la carrera hacia una vida supuestamente mejor nos hace patear la mirada hacia delante.
Soy una extraña, me dijo. Abro mi placard y nada de lo que hay ahí me representa, es como si fuera de otra persona que además no me gusta, me aburre. Sacudía un sweater de lana estirado por su propio peso, demasiado grande, al menos dos talles más que su espalda. Quiero recuperar a la que fui, con la conciencia de la que soy ahora, o jugar a ser otra, una que se anime al color y al maquillaje, a pintarse la boca roja, otra que se parezca un poco más a mí.
Después de tres horas de mover y probar pantalones, vestidos, remeras, recuperar accesorios relegados al último cajón y a pesar de estar agotadas, el ambiente se había impregnado de otra energía, la luz de la tarde daba directo sobre el espejo, que rebotaba sobre la camisa rayada que atamos a la cintura para que el jean rosa le marcara mejor el c**o. Me quedé mirándola, le apoyé un sombrero azul que había traído de París y que nunca había usado. Pensé que no le faltaba nada, hasta que revolvió sus maquillajes, sacó un labial rojo furioso y se lo pasó por la boca fruncida acercándose al espejo, dándole un beso a esa otra que era ella misma y que se había apoderado de la escena, como si yo no estuviera o como si a esa otra que era ella misma ya no le importara. Nunca la había visto sonreír así.
30/04/2024
¿Por qué el rojo nos asusta y el azul nos calma? ¿Cómo es que el verde nos da esperanza y el amarillo nos excita? ¿Quién les dio tanto poder a los colores?
Aunque no lo sepamos nosotros, nuestro cerebro es experto en colores. Puede clasificar cada tono y cada matiz para darnos una idea de cómo sentirnos.
De eso se trata la psicología del color, que estudia la manera en que los percibimos y nos comportamos ante ellos. Los colores generan impresiones que nuestro cerebro organiza, identifica y clasifica.
Esta interpretación está determinada por aspectos sociológicos y culturales pero también por la experiencia personal, por los sentimientos que nos generan.
Accesibilidad, distanciamiento, seriedad, calidez. Si hay colores, hay información, y si hay información, hay emociones.
Poder reconocer cómo actúan sobre nuestra imagen y qué cualidades aportan es una forma de autogestionar nuestro estilo para cualquier ámbito que se presente.
Para aprender más sobre eso y sobre cómo las líneas influyen en la imagen, podés hacerlo a través de nuestra sesión de color personalizada.
Sacá tu turno en el link de nuestra bio o consultanos por mensaje privado o a nuestro whatsapp: 5491144011974
13/03/2024
A mí la crisis de los 40, la separación de mi ex, de mi socia que también es mi hermana y la cuarentena me abrieron una puerta: aprendí a hacer sin depender de nadie, a juntarme con marcas y clientas por Zoom, a organizar presentaciones y procesos de trabajo, a cuidar el cactus de mi balcón.
Me animé a decirle a mi hijo que todo iba a estar bien aunque no supiera cómo. Empecé a registrar lo que estaba haciendo con mi trabajo hacía diez años. Primero dije epa, emoji de musculito. Después pensé uf, sticker de agotada, cartel de que el mundo siga sin mí. Frené, colgué todo, me mareé, lloré.
Qué voy a hacer si de repente odio lo que más amo.
Alguien me dijo: distraete. Me anoté en un taller de dramaturgia. Hice baile contemporáneo, terapia, la carrera de astrología, un curso de cocina consciente, constelación familiar, un taller de escritura creativa, un curso de eneagrama, la tarea de mi hijo, abrí Tinder, leí poesía, cerré Tinder, me enamoré, me sumé a un grupo de microdosis de hongos en que la gente se felicita por sobrevivir a otro día.
Se me movieron el cuerpo, las neuronas, las palabras. Un día escribí: “La belleza me cagó la vida”. Al día siguiente le agregué: “Pero también me la salvó”. Lo llevé al taller. Creo que no lo entendieron. Creo que tengo que seguir ajustando las palabras que cuentan lo que me pasa con mi trabajo. Algún día voy a escribir un libro, pensé. No se lo dije a nadie. Shhh.
Un día me crucé a un herrero en Instagram. Le pedí un perchero así y asá. Se lo pedí bien difícil para que no le saliera. Al hijo de p**a le salió. Colgué las telas, las toqué, las miré flamear en mi living. Ya había ido muy para adentro y resulta que los colores me empezaron a sacar para afuera. Desempolvé la cuenta y decidí hablarle a los seguidores con la única verdad que tengo, que es la mía, para que el trabajo volviera a mí de una forma nueva.
Hoy a la tarde viene una clienta y se va a sentar entre el espejo y yo, con los colores de fondo. Voy a prender la luz y se va a encandilar, a asustarse un poco de su propia cara, quién no, y le voy a decir, mientras acomodo el trío de cyan, amarillo y magenta sobre sus hombros, que va a estar todo bien.
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