Essen by Vale
02/12/2025
Ojalá nadie tuviera que conocer lo que es vivir en un hospital como si fuera una segunda casa.
Ojalá nadie tuviera que aprender a leer monitores antes que libros, ni distinguir alarmas como si fueran un idioma propio.
Ojalá nadie tuviera que saber lo que se siente esperar un resultado que te cambia la vida,
ni escuchar palabras que te rompen en mil pedazos y aun así seguir respirando porque tu hijo te necesita.
Ojalá nadie tuviera que ver a su hijo luchar contra algo invisible,
algo tan raro que ni siquiera el mundo sabe cómo enfrentarlo.
Ojalá nadie viviera con la sombra de lo terminal,
ese miedo silencioso que se sienta al borde de la cama y no se va nunca del todo.
Pero si te toca…
si la vida te empuja a este camino que no elegiste,
quiero que sepas algo:
No sos débil por llorar.
No sos menos por cansarte.
No sos mala madre por sentir miedo.
Sos humana.
Y aun así, hacés cosas que la humanidad entera no podría entender.
Llevás en el cuerpo un cansancio que no descansa,
y en el corazón una fuerza que ni sabías que existía.
Aprendés a sostener la vida con las manos temblando,
a amar más fuerte cuando todo duele,
a celebrar cosas que otros ni notan.
Entendés lo frágil que es el tiempo,
lo infinito que puede ser un suspiro,
y lo valioso que es un día sin crisis.
Este camino no es justo,
no es fácil,
y no es algo que se pueda explicar.
Pero si estás acá,
si estás peleando, acompañando, cuidando, sobreviviendo…
Quiero que sepas que no estás sola.
Que tu amor importa.
Que tu presencia salva.
Y que aunque la vida te haya dado lo más difícil,
vos estás haciendo lo imposible…
y lo estás haciendo con un corazón que sigue amando aun cuando se rompe.
30/11/2025
A veces siento que las familias atípicas vivimos en un modo de supervivencia constante. Estos últimos meses no estuvimos más de dos semanas seguidas en casa. Siempre pasa algo. Siempre terminamos en el hospital. Y aunque ya conocemos cada pasillo, cada cama, cada ruido de máquina… nunca deja de doler. Nunca deja de cansar.
Es esa sensación horrible de ver que ella empieza con algo mínimo, una fiebre, una tos, un sonido raro… y que tu cabeza automáticamente entra en modo alerta. Porque una fiebre para otros es nada. Para nosotras puede ser el principio de otra internación, de otra pelea para que la escuchen, de otro desgaste que te saca años de vida.
Es tener siempre los bolsos a mano. Es hacer y deshacer la casa mil veces. Es dejar a Luz sin saber si esta vez le vas a cumplir la promesa de volver juntas. Es verla quedarse triste, con miedo, y vos tragarte las lágrimas porque no tenés margen para quebrarte.
Es no poder trabajar. Es no poder programar nada. Ni una salida, ni un turno, ni un café. Nada. Es vivir día a día, hora a hora. Es sentir que tu vida entera depende del próximo síntoma.
Es el miedo constante de no saber si esta vez vamos a salir del hospital. Ese pensamiento que no querés decir en voz alta pero que te acompaña siempre.
Es cargar con culpas que no te corresponden. Es sentir que no das más, pero igual seguir. Porque no hay opción. Porque no podés parar. Porque aunque a veces te quieras bajar del mundo, no te lo permite la vida que te tocó.
Es llorar en el baño del hospital. Es comer cualquier cosa porque no tenés hambre pero necesitás mantenerte en pie. Es dormir con un ojo abierto. Es vivir con el corazón apretado las 24 horas.
Y aun así… seguimos. Por ellas. Porque no nos queda otra. Y porque, dentro de toda esta tormenta, ellas siguen siendo nuestra razón para levantarnos incluso cuando ya no queda fuerza.