THEA
Ya no tenemos rituales que conviertan a niños en hombres y eso ocasiona el exceso de guangos que abandonan a su familia.
Tenemos adultos funcionales, sexualmente activos, pagando impuestos (a veces) y opinando en podcasts, pero psicológicamente siguen siendo niños buscando aprobación, placer, escape y mamá.
Para ser padre se necesita morir como hijo. Se necesita un rito de paso.
Antes el mundo entero estaba lleno de rituales para marcar esa transición. Teníamos pruebas físicas, mentales y espirituales como cacería, ayuno, la soledad en el bosque, la visión... Había algo que marcaba el fin de una etapa.
Y eso no es solo folklore bonito para documental con flautita de fondo. Viene a ser algo que llamamos tecnología simbólica.
Había algo que le decía al niño “hasta aquí llegó esta etapa, manito. Algo de ti muere hoy. Algo de ti ya no puede volver igual. Y deja de mamar”.
Y luego la comunidad lo recibía de vuelta como alguien nuevo.
No porque ya tuviera pelos, músculos o mirada intensa, sino porque había atravesado una prueba. Había conocido su miedo. Había probado su cuerpo. Había sido visto por otros. Había dejado de ocupar el lugar del hijo para empezar a ocupar el lugar de guardián dentro de la comunidad.
Hoy no. Hoy muchísimos envejecemos sin atravesar jamás una muerte simbólica real.
Cumplimos años, sacamos INE, cogemos, trabajamos, rentamos, nos endeudamos hasta la chingada, opinamos de política, hablamos de conciencia, subimos historias muy profundas con café… pero en muchos casos, nadie nos mira a los ojos para decirnos “ya deja de mamar, hijo”.
Y el gran p**o... es cuando aparecen los hijos.
Porque un hijo destruye la fantasía adolescente de libertad eterna. Te obliga a confrontar tus límites de cansancio, responsabilidad, repetición, renuncia, paciencia y presencia. Ya no puedes vivir solo para ti, tu dopamina y tu deseo de desaparecer cuando algo incomoda.
Un hijo no llega a validar tu identidad, curarte el abandono, ni a verte como héroe. Un hijo no llega a completarte. Llega a necesitarte. Diario. Un chingo... Con hambre, mocos, fiebre, escuela, preguntas, berrinches, gastos, miedo, ternura, caos, rutina y una capacidad brutal para reflejarte todas las partes de ti que todavía no has trabajado.
Para ser padre, debes desplazar el centro del mundo fuera de ti mismo.
Dejas de preguntarte quién te cuida a ti, para convertirte en quien sostiene. En quien genera estructura, refugio, dirección. En quien deja de vivir como alguien que solo consume energía emocional para convertirte en quien ofrece presencia.
Y sí, ya sé. Esto suena “tradicional” y estoy a un par de palabras similares a “masculinidad” para que crean que vendo talleres de macho alfa con un lobo acá bien matón en el cartel.... pero no hablo de machismo sino de madurez psíquica. De la capacidad de permanecer.
Porque cualquier wey puede engendrar un hijo. Lo difícil es trabajar el espejo que ese hijo te pone enfrente todos los días y que echa luz sobre todas tus grietas. Tu inmadurez, heridas, tu incapacidad pa’ regularte, tu miedo a no ser suficiente, el resentimiento acumulado por tus vivencias y obvio, tu infancia no resuelta.
Y pues todos sabemos que ante ese fuego, muchos weyes en lugar de cruzar la brasa, retroceden. Y además, no se trata na’ más de los que se fueron por ci****os. También están los fantasmas en casa que se esconden en el trabajo, el cotorreo, los videojuegos, la espiritualidad performativa, los 400 proyectos o, si son muy oldschool y les gustan mucho las familias tradicionales: otra familia. Cualquier cosa que permita escapar de la presencia que demanda un hijo.
Porque quedarse y ser padre requiere morir. A veces constantemente.
Y no, no estoy hablando de perderte como persona. Mucho menos de justificar cabrones. Entender esto no es justificar a nadie. Esto no convierte el daño hecho en poesía terapéutica. El abandono sigue rompiendo algo en un niño y lo deja con preguntas, silencios y vacíos que se va a tener que fumar el resto de su vida.
Porque para el niño no importa si papá tenía heridas, linaje roto, sistema nervioso colapsado o un arquetipo masculino en crisis. Para el niño, papá no estuvo y eso basta para partirle el alma.
Ahora, independiente a eso, creo que la paternidad no fracasa solamente por maldad. Muchas veces fracasa porque hay hombres que jamás fueron acompañados a convertirse en hombres.
Porque sí, muchos hombres fueron abandonados, humillados, violentados, ignorados o criados por padres fantasmas. Sí, muchos no tuvieron modelo, aprendieron que amar es desaparecer, se les incrustó la idea de proveer sin tocar, mandar sin escuchar o estar físicamente mientras por dentro no vive nadie. Pero llega un punto donde tu herida deja de ser explicación y empieza a volverse herencia.... Y si no la trabajas, se la entregas completita a tus hijos, con moñito y todo.
Si nadie te dio un rito de paso, te toca construirlo. Con terapia y disciplina, con comunidad, responsabilidad y vergüenza bien mirada, con huevos emocionales y la humildad para reparar y aceptar que amar no sirve de mucho si no sabes sostener lo que dices amar.
Ser padre no es tener un hijo. Ser padre es impedir que tus heridas se conviertan en herencia.
29/03/2026
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