E. Calder
Hoy ha sido un día de creación. Después de un par de meses en los cuales casi no tocaba mis propios textos —por editar y publicar los de otros escritores con los que trabajamos en Librélula Editores (ya publicamos 3 libros este año)—, finalmente me di un día sólo para escribir.
El proceso ha sido lento —con algunas interrupciones para investigación, distracción y comer—, pero muy satisfactorio.
Espero termina hoy mismo el cuento, que pretendo mañana compartir para crítica con mis compañeros de taller.
Se siente bien ayudar a otros a publicar… pero también se siente bien darse tiempo para escribir lo propio.
12/01/2026
¡Ya publicamos el primer libro del año!
Comenzamos bien el 2026: con un libro publicado y otros 15 proyectos en camino de publicación, además de una batería de talleres muy interesantes.
Se ve que viene un año muy interesante en cuestión de escritura.
El volcán dorsal
Quitó con cuidado la gasa que había cubierto el volcán por cerca de veinte horas y este hizo erupción. La turbia emanación rojiza bajó por sus laderas hasta el valle de la espalda, y prosiguió aún más al sur. No se detuvo en las prendas, sino que aterrizó en los mosaicos en sendas gotas de alarmante grosor.
Y todo este drama por la posible remoción de un vello, hacía solo un par de semanas.
Todo comenzó con un ligero malestar en la espalda media —a un costado de la columna—, justo en el sitio donde los brazos no lo alcanzan por arriba y hay que torcer de más las articulaciones para alcanzarlo por abajo. En un par de días, la ligera molestia se tornó en una jiba de proporciones descomunales —y muy sensible al tacto— lo que le obligó a buscar atención médica al consultorio a un costado de una de las farmacias de cadena.
La doctora, quien recibió su título en Venezuela, le recetó un antibiótico y algo para el dolor, y le hizo recomendaciones de cuidado.
—Si tiene, sugiero ponerse árnica alrededor del montículo, para que la infección encuentre salida sola —le dijo.
El roce de la playera le causaba tanto malestar que dejó de usarlas, a menos que fuese estrictamente necesario salir o aparecer en pantalla, y permaneció con el torso descubierto el mayor tiempo posible.
Pero el verdadero tormento se daba cada noche, al no encontrar una posición cómoda para dormir, pues de lado se estiraba la piel de la espalda o la cama lastimaba sus descarnadas costillas, lo mismo que bocabajo. Obvio, era impensable acostarse bocarriba, pues la jiba —un montículo que aún amenazaba con convertirse en volcán— estaba extremadamente sensible.
Según la receta, el tratamiento era para una semana: cuatro días de analgésico y siete de medicamento, pero él se olvidó de la fecha y siguió consumiendo religiosamente las pastillas —cada ocho horas— hasta que se acabó la caja de uno y casi terminaba la del otro.
Al décimo día, con aún unas cuantas pastillas del antibiótico, tuvo que salir a diversas actividades y, al detenerse a comprar gazas y otras cositas, una buena samaritana le ayudó a fijarlas en ese lugar al que sus manos no podían alcanzar con destreza. Eso le ayudó a sobrevivir el día, ya que evitaba el desquiciante roce de la camisa sobre lo que pronto se convertiría en el cráter del volcán.
Y después de un ajetreado día con múltiples ocupaciones, tanto físicas como en pantalla, tras engullir la antepenúltima pastilla, decidió finalmente dejarse caer de bruces sobre su cama, rogando caer por largo rato en los brazos de Morfeo. Este lo acunó por algunos momentos —de forma intermitente—, hasta que lo abandonó sobre almohadas que, por más que reacomodaba, no le ofrecían una posición adecuada para el descanso. Y, así, antes de que clareara el cielo, soñaba despierto con la visita de Caronte, para ese viaje final que lo haría finalmente descansar.
Pero, afortunadamente, los planes del barquero no le incluían.
Poco después del amanecer, con costillas y músculos que exigían se pusiera supino —posición que desde hacía casi dos semanas no soportaba—, abandonó el pírrico consuelo de las sábanas.
Y es así como llegó a la remoción de la gasa que de forma externa parecía impoluta. Y lo estaba. Pero, al quitarla, pareció como si hubiese sido sacado el corcho de una botella de vino espumoso. La presión acumulada —solo contenida por la albina gasa— escapó en forma de una erupción de magnitudes insospechadas que, a lo largo de la mañana —y tras más de medio rollo de Cottonelle— ha ido menguando. Cualquier movimiento del cuerpo —pararse, sentarse, ponerse prono— actúa como un movimiento telúrico que activa la expulsión de la rojiza emanación que, espera, pronto deje de fluir.
Y en lo que eso sucede, al tenderse a escribir sus peripecias mientras imparte un taller —a cámara cerrada—, se dice:
—A ver si con esto aprendes, ca**ón, a no arrancarte los vellos de la espalda.
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